El museo como casa de los comunes
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El museo como casa de los comunes
24
En una de las escenas más impac-tantes de Las invasiones bárbaras (2003), la película con la que Denys
Arcand triunfó en Cannes y cosechó el
Oscar a la mejor producción extranjera
en 2004, se nos muestra a un sacerdote
que trata con una joven anticuaria ame-
ricana la venta de candelabros, altares,
óleos del Sagrado Corazón y yesos de
vírgenes policromadas, entre otros obje-
tos religiosos que se amontonan desor-
denadamente en los sótanos del arzobis-
pado de Montreal. Y es que, explica el
guionista, el descenso de la religiosidad
forzó el cierre de muchos templos y la
necesidad de vender los excedentes para
poder mantener el resto. La marchante,
sin embargo, responde con frialdad que
el mercado americano está saturado de
objetos de culto franceses y que sólo ten-
drían salida los cálices del siglo . En
defi nitiva, que aquellos objetos de culto
habían dejado de engrosar el patrimonio
y se habían convertido en una bagatela
difícil de gestionar.
La anécdota admite variadas inter-
pretaciones. No han faltado quienes la
usan para lamentar la pérdida de valores
en una sociedad que sólo aprecia las cosas
por lo que cuestan. Otros piensan que
Denys Armand quería llamar la atención
sobre el estado de semiabandono en el
que puede caer el patrimonio encomen-
dado a la Iglesia católica. Pero hay más
alternativas. Nosotros creemos posible
otra mirada sobre aquella bodega repleta
de objetos otrora venerables y hoy arrin-
conados. ¿Qué pasaría si la escena nos
mostrara un zaguán de cosas traídas de
algún poblado de África, el continente
de los exploradores y los etnógrafos, el
exterior preferido por los guionistas de
National Geographic? Los bárbaros reac-
cionarían igual y, seguramente, sólo que-
rrían rescatar (reintroducir en el merca-
do) las máscaras sacrifi ciales. ¿Qué hacer
con el resto? ¿Adónde enviar los copones
de plata y los frascos de ébano? Porque,
aunque nadie discuta el valor etnográfi co
de los objetos de culto canadienses o de
la civilización africana, lo cierto es que
tampoco son muchos los que aprecian
(están dispuestos a pagar) su calidad ar-
tística. Tal vez el patrimonio religioso
sea el pretexto utilizado por Arnand para
introducir una reflexión más general.
Puede que detrás de la ironía se esconda
una advertencia o, más probablemente,
una premonición. En todo caso, nada
nos impide imaginar como verosímil un
destino parecido para la gran mayoría de
los objetos que se conservan en muchos
de nuestros costosos museos de arte. Y
no sólo hablamos de los de pintura o
escultura. Tampoco estamos pensando
en el impacto de las nuevas tecnologías
de la información y la comunicación (las
llamadas TIC), que permitirán poner
en circulación no sólo los objetos y sus
intérpretes, sino también los detalles más
nimios, las restauraciones menos cono-
cidas y las conexiones más asombrosas.
¿Querrá alguien ir al museo o, como se
les llama ahora, centro de arte lo que sea?,
¿seguirán los museos teniendo claras sus
funciones? Porque habrá que reconocer
que, cuanto mayor es su número, menos
obvia es su dimensión patrimonial y más
evidente resulta su función mercantil e
industrial.
Dejemos a un lado la pintura y pen-
semos en las colecciones de rocas, mari-
posas, plantas, ingenios, huesos, mone-
das, cerámicas, meteoritos, mapas, pla-
nos, exvotos, ceroplastias, conchas, anen-
céfalos en alcohol o en las maquetas de
máquinas, urbanas y anatómicas. ¿Qué
hacen todos estos artefactos en un mu-
seo? ¿Sobrevivirán otro siglo en anaqueles
visibles o acabará pasándoles lo que al
patrimonio católico québécois? Dejemos
por el momento la segunda pregunta en
el aire. Para la primera vamos a apresurar
una respuesta que anuncia ya el conteni-
do de nuestra intervención1. Todos esos
objetos que hemos mencionado llegaron
al museo como testimonio de una cultura
nueva que por su naturaleza misma per-
tenecía a todos y no era de nadie. Eran
expresión fehaciente del ensanchamiento
de la esfera de lo público, y por eso he-
mos hablado en el título del museo como
casa de los comunes. Los comunes, sin
embargo, sufrieron en toda Europa un
paulatino proceso de cerramiento que
les convirtió en patrimonio público, una
transformación que disolvió su primera
naturaleza abierta y que les condujo hacia
el régimen propietario de gestión2. Fue-
ron entonces insertados en el imaginario
colectivo como objetos pertenecientes al
Estado y sometidos, en consecuencia, a
todos los vaivenes de las retóricas identita-
rias, incluidas la nacionalista. El problema
es que como parte de la identidad nacio-
nal es imperceptible su origen como bien
comunal, una circunstancia que creemos
explicaría la crisis que afecta desde hace
más de dos décadas a los museos, espe-
cialmente los nacionales, y de ahí la nece-
sidad de reinventar su función como casa
de los comunes.
Para desarrollar nuestro argumento
hemos dividido la exposición en tres par-
tes. En la primera discutiremos la profun-
da relación existente entre patrimonio y
tecnología. En la segunda exploraremos
la noción de museo como casa de los
comunes. En la tercera, ya concluyendo,
mostraremos en qué medida la diferencia
EL MUSEO COMO CASA
DE LOS COMUNES
Nuevas tecnologías y nuevos patrimonios
ANTONIO LAFUENTE
1 El texto se corresponde con la conferencia
inaugural de la VIII Jornadas de Museología (Museo
Arqueológico de Alicante, 25-27 de noviembre de
2004), organizadas por la Asociación Profesional de
museólogos de España. Mi más sincero reconocimien-
to a María Mariné, Eugenia Mazuecos, presidenta y
secretaria respectivamente de la APME.
2 James Boyle, “$ e Second Enclosure Movement
and the Construction of the Public Domain”, está pu-
blicado con licencia Creative Commons y es accesible en
http:www.law.duke.edu/pd/papers/ boyle.pdf
CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
En una de las escenas más impac-tantes de Las invasiones bárbaras (2003), la película con la que Denys
Arcand triunfó en Cannes y cosechó el
Oscar a la mejor producción extranjera
en 2004, se nos muestra a un sacerdote
que trata con una joven anticuaria ame-
ricana la venta de candelabros, altares,
óleos del Sagrado Corazón y yesos de
vírgenes policromadas, entre otros obje-
tos religiosos que se amontonan desor-
denadamente en los sótanos del arzobis-
pado de Montreal. Y es que, explica el
guionista, el descenso de la religiosidad
forzó el cierre de muchos templos y la
necesidad de vender los excedentes para
poder mantener el resto. La marchante,
sin embargo, responde con frialdad que
el mercado americano está saturado de
objetos de culto franceses y que sólo ten-
drían salida los cálices del siglo . En
defi nitiva, que aquellos objetos de culto
habían dejado de engrosar el patrimonio
y se habían convertido en una bagatela
difícil de gestionar.
La anécdota admite variadas inter-
pretaciones. No han faltado quienes la
usan para lamentar la pérdida de valores
en una sociedad que sólo aprecia las cosas
por lo que cuestan. Otros piensan que
Denys Armand quería llamar la atención
sobre el estado de semiabandono en el
que puede caer el patrimonio encomen-
dado a la Iglesia católica. Pero hay más
alternativas. Nosotros creemos posible
otra mirada sobre aquella bodega repleta
de objetos otrora venerables y hoy arrin-
conados. ¿Qué pasaría si la escena nos
mostrara un zaguán de cosas traídas de
algún poblado de África, el continente
de los exploradores y los etnógrafos, el
exterior preferido por los guionistas de
National Geographic? Los bárbaros reac-
cionarían igual y, seguramente, sólo que-
rrían rescatar (reintroducir en el merca-
do) las máscaras sacrifi ciales. ¿Qué hacer
con el resto? ¿Adónde enviar los copones
de plata y los frascos de ébano? Porque,
aunque nadie discuta el valor etnográfi co
de los objetos de culto canadienses o de
la civilización africana, lo cierto es que
tampoco son muchos los que aprecian
(están dispuestos a pagar) su calidad ar-
tística. Tal vez el patrimonio religioso
sea el pretexto utilizado por Arnand para
introducir una reflexión más general.
Puede que detrás de la ironía se esconda
una advertencia o, más probablemente,
una premonición. En todo caso, nada
nos impide imaginar como verosímil un
destino parecido para la gran mayoría de
los objetos que se conservan en muchos
de nuestros costosos museos de arte. Y
no sólo hablamos de los de pintura o
escultura. Tampoco estamos pensando
en el impacto de las nuevas tecnologías
de la información y la comunicación (las
llamadas TIC), que permitirán poner
en circulación no sólo los objetos y sus
intérpretes, sino también los detalles más
nimios, las restauraciones menos cono-
cidas y las conexiones más asombrosas.
¿Querrá alguien ir al museo o, como se
les llama ahora, centro de arte lo que sea?,
¿seguirán los museos teniendo claras sus
funciones? Porque habrá que reconocer
que, cuanto mayor es su número, menos
obvia es su dimensión patrimonial y más
evidente resulta su función mercantil e
industrial.
Dejemos a un lado la pintura y pen-
semos en las colecciones de rocas, mari-
posas, plantas, ingenios, huesos, mone-
das, cerámicas, meteoritos, mapas, pla-
nos, exvotos, ceroplastias, conchas, anen-
céfalos en alcohol o en las maquetas de
máquinas, urbanas y anatómicas. ¿Qué
hacen todos estos artefactos en un mu-
seo? ¿Sobrevivirán otro siglo en anaqueles
visibles o acabará pasándoles lo que al
patrimonio católico québécois? Dejemos
por el momento la segunda pregunta en
el aire. Para la primera vamos a apresurar
una respuesta que anuncia ya el conteni-
do de nuestra intervención1. Todos esos
objetos que hemos mencionado llegaron
al museo como testimonio de una cultura
nueva que por su naturaleza misma per-
tenecía a todos y no era de nadie. Eran
expresión fehaciente del ensanchamiento
de la esfera de lo público, y por eso he-
mos hablado en el título del museo como
casa de los comunes. Los comunes, sin
embargo, sufrieron en toda Europa un
paulatino proceso de cerramiento que
les convirtió en patrimonio público, una
transformación que disolvió su primera
naturaleza abierta y que les condujo hacia
el régimen propietario de gestión2. Fue-
ron entonces insertados en el imaginario
colectivo como objetos pertenecientes al
Estado y sometidos, en consecuencia, a
todos los vaivenes de las retóricas identita-
rias, incluidas la nacionalista. El problema
es que como parte de la identidad nacio-
nal es imperceptible su origen como bien
comunal, una circunstancia que creemos
explicaría la crisis que afecta desde hace
más de dos décadas a los museos, espe-
cialmente los nacionales, y de ahí la nece-
sidad de reinventar su función como casa
de los comunes.
Para desarrollar nuestro argumento
hemos dividido la exposición en tres par-
tes. En la primera discutiremos la profun-
da relación existente entre patrimonio y
tecnología. En la segunda exploraremos
la noción de museo como casa de los
comunes. En la tercera, ya concluyendo,
mostraremos en qué medida la diferencia
EL MUSEO COMO CASA
DE LOS COMUNES
Nuevas tecnologías y nuevos patrimonios
ANTONIO LAFUENTE
1 El texto se corresponde con la conferencia
inaugural de la VIII Jornadas de Museología (Museo
Arqueológico de Alicante, 25-27 de noviembre de
2004), organizadas por la Asociación Profesional de
museólogos de España. Mi más sincero reconocimien-
to a María Mariné, Eugenia Mazuecos, presidenta y
secretaria respectivamente de la APME.
2 James Boyle, “$ e Second Enclosure Movement
and the Construction of the Public Domain”, está pu-
blicado con licencia Creative Commons y es accesible en
http:www.law.duke.edu/pd/papers/ boyle.pdf
CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
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25Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
que existe entre bien común y bien públi-
co debería afectar a la propia concepción
de museo.
Tecnología y patrimonio
Nuestro mundo vive obsesionado con
las problemáticas asociadas a la gestión
del tiempo, incluidas las que hunden sus
raíces en la historia. Implícita o explí-
citamente se nos dice machaconamente
que explicar algo es contar una histo-
ria, y cuando se cuestiona esta idolatría
del tiempo, como la llamaba Raymond
Aron, emerge la tensión entre modernos
y posmodernos. Pero hay otra tensión
que no podemos ocultar: la que contra-
pone natural/artifical3, la que impone
a nuestras máquinas una existencia al
margen de la que tienen nuestros cuer-
pos4. Tal afi rmación ignora, no sólo que
son extensiones de nuestra sensibilidad,
como explicó Merleau Ponty, sino artí-
fi ces de nuestra sociabilidad. En fi n, el
debate que aquí queremos movilizar no
es el que sostiene la importancia de la
historia, sino el que reclama mayor aten-
ción para la tecnología.
Nuestra cultura sigue empeñada en
identifi car el presente con las mismas tec-
nologías y en los mismos espacios hereda-
dos del barroco y la Ilustración. Usamos
los ordenadores como si fueran máquinas
de escribir, pero más finas. Es como si
saliéramos a buscar pateras con portaa-
viones. Habitamos un mundo embobado
ante horizontes periclitados, empeñándo-
nos en vivir el sueño de nuestros abuelos.
No importa que un porcentaje creciente
de los materiales y los códigos con los que
están hechas las cosas se hayan producido
en los últimos años. Tampoco cuenta el
hecho de que en los próximos dos años
vayamos a fabricar tanta información
como los 12 Exabytes5 que la humanidad
ya ha producido en los últimos 300.000
años. Son pocas las instituciones cultura-
3 Dona Haraway, Ciencia, cyborg y mujeres. La rein-
vención de la naturaleza, Cátedra, Madrid, 1995
4 Merleau-Ponty abogó por una fenomenología ba-
sada en la centralidad del cuerpo en todo cuanto tuviera
que ver con percibir o sentir el mundo. Lo corporal no
se agota en lo fi siológico, como lo prueba que la visión
de nuca de la mujer sea para los orientales tan excitante
como para nosotros lo son sus pechos. Resulta entonces
muy razonable seguir a Foucault cuando habla de prácti-
cas corporales (o sexuales) socialmente construidas, donde
lo carnal se eclipsa ante lo cultural. Por su parte, Norbert
5 Para describir una simple letra en el lenguaje
digital necesitamos un byte. Un cuento breve tiene mil
bytes, es decir un Kilobyte (Kb). Un libro sube hasta
el millón de bytes, 1 Megabyte (Mb). Una canción, sin
embargo, tiene 3 o 4 Mb. Un Exabyte (Eb), equivale
a 50 mil bibliotecas como la US Library of Congress
(Washington), con 18 millones de libros situados en
unos mil kilómetros de anaqueles. 1 Eb es un millón de
Terabytes (Tb), y un Tb es un millón de Mb. O sea que
1Eb son 1 trillón de bytes. Para imprimir los 18 Tb que
ocupan todos esos libros se necesita convertir en papel
cerca de un millón de árboles. Y ya, para terminar con
estas cuentas, dos referencias más. Si almacenáramos
toda la información producida el año pasado, ocuparía
tanto espacio como el que necesitamos para grabar todas
las palabras habladas por la población mundial desde el
comienzo de los tiempos. Y, por fi n, si archiváramos esa
información en diskettes convencionales, necesitaríamos
una estantería cuya altura sería 50 veces mayor que la
distancia que hay entre la Tierra y la Luna.
Elias, estudiando la disciplina de los gestos y las posturas
o la gestión de los rubores y los excrementos, probó que
tales asuntos eran medulares si queríamos comprender
los códigos que sostienen el orden social. Don Ihde, sin
embargo, piensa que estas propuestas son insufi cientes
para entender la situación actual, pues los cuerpos de los
que estábamos hablando tienden a ser inertes frente a las
nuevas tecnologías o, por el contrario, son considerados
demasiado receptivos y maleables por la tecnociencia.
De ahí que Ihde proponga una nueva concepción del
cuerpo inseparable de las tecnologías en las que se apoya
y que a la postre lo constituyen. Don Ihde, Los cuerpos
en la tecnología. Nuevas tecnologías: nuevas ideas a acerca
de nuestro cuerpo, traducción de Cristian P. Hormazábal,
Universitat Oberta de Catalunya, Barcelona, 2004.
que existe entre bien común y bien públi-
co debería afectar a la propia concepción
de museo.
Tecnología y patrimonio
Nuestro mundo vive obsesionado con
las problemáticas asociadas a la gestión
del tiempo, incluidas las que hunden sus
raíces en la historia. Implícita o explí-
citamente se nos dice machaconamente
que explicar algo es contar una histo-
ria, y cuando se cuestiona esta idolatría
del tiempo, como la llamaba Raymond
Aron, emerge la tensión entre modernos
y posmodernos. Pero hay otra tensión
que no podemos ocultar: la que contra-
pone natural/artifical3, la que impone
a nuestras máquinas una existencia al
margen de la que tienen nuestros cuer-
pos4. Tal afi rmación ignora, no sólo que
son extensiones de nuestra sensibilidad,
como explicó Merleau Ponty, sino artí-
fi ces de nuestra sociabilidad. En fi n, el
debate que aquí queremos movilizar no
es el que sostiene la importancia de la
historia, sino el que reclama mayor aten-
ción para la tecnología.
Nuestra cultura sigue empeñada en
identifi car el presente con las mismas tec-
nologías y en los mismos espacios hereda-
dos del barroco y la Ilustración. Usamos
los ordenadores como si fueran máquinas
de escribir, pero más finas. Es como si
saliéramos a buscar pateras con portaa-
viones. Habitamos un mundo embobado
ante horizontes periclitados, empeñándo-
nos en vivir el sueño de nuestros abuelos.
No importa que un porcentaje creciente
de los materiales y los códigos con los que
están hechas las cosas se hayan producido
en los últimos años. Tampoco cuenta el
hecho de que en los próximos dos años
vayamos a fabricar tanta información
como los 12 Exabytes5 que la humanidad
ya ha producido en los últimos 300.000
años. Son pocas las instituciones cultura-
3 Dona Haraway, Ciencia, cyborg y mujeres. La rein-
vención de la naturaleza, Cátedra, Madrid, 1995
4 Merleau-Ponty abogó por una fenomenología ba-
sada en la centralidad del cuerpo en todo cuanto tuviera
que ver con percibir o sentir el mundo. Lo corporal no
se agota en lo fi siológico, como lo prueba que la visión
de nuca de la mujer sea para los orientales tan excitante
como para nosotros lo son sus pechos. Resulta entonces
muy razonable seguir a Foucault cuando habla de prácti-
cas corporales (o sexuales) socialmente construidas, donde
lo carnal se eclipsa ante lo cultural. Por su parte, Norbert
5 Para describir una simple letra en el lenguaje
digital necesitamos un byte. Un cuento breve tiene mil
bytes, es decir un Kilobyte (Kb). Un libro sube hasta
el millón de bytes, 1 Megabyte (Mb). Una canción, sin
embargo, tiene 3 o 4 Mb. Un Exabyte (Eb), equivale
a 50 mil bibliotecas como la US Library of Congress
(Washington), con 18 millones de libros situados en
unos mil kilómetros de anaqueles. 1 Eb es un millón de
Terabytes (Tb), y un Tb es un millón de Mb. O sea que
1Eb son 1 trillón de bytes. Para imprimir los 18 Tb que
ocupan todos esos libros se necesita convertir en papel
cerca de un millón de árboles. Y ya, para terminar con
estas cuentas, dos referencias más. Si almacenáramos
toda la información producida el año pasado, ocuparía
tanto espacio como el que necesitamos para grabar todas
las palabras habladas por la población mundial desde el
comienzo de los tiempos. Y, por fi n, si archiváramos esa
información en diskettes convencionales, necesitaríamos
una estantería cuya altura sería 50 veces mayor que la
distancia que hay entre la Tierra y la Luna.
Elias, estudiando la disciplina de los gestos y las posturas
o la gestión de los rubores y los excrementos, probó que
tales asuntos eran medulares si queríamos comprender
los códigos que sostienen el orden social. Don Ihde, sin
embargo, piensa que estas propuestas son insufi cientes
para entender la situación actual, pues los cuerpos de los
que estábamos hablando tienden a ser inertes frente a las
nuevas tecnologías o, por el contrario, son considerados
demasiado receptivos y maleables por la tecnociencia.
De ahí que Ihde proponga una nueva concepción del
cuerpo inseparable de las tecnologías en las que se apoya
y que a la postre lo constituyen. Don Ihde, Los cuerpos
en la tecnología. Nuevas tecnologías: nuevas ideas a acerca
de nuestro cuerpo, traducción de Cristian P. Hormazábal,
Universitat Oberta de Catalunya, Barcelona, 2004.
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EL MUSEO COMO CASA DE LOS COMUNES
26 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
les preocupadas por el hecho de que las
tecnologías reproductivas estén afl orando
una panoplia de nuevos seres vivos, naci-
dos del maridaje entre las máquinas y los
órganos. Y es que, en efecto, todo se está
plagando de quimeras, entes que pueden
ser considerados como una reordenación
con nuevos propósitos de masas ingentes
de información previa. Y conste que al
decir propósitos no estamos avalando nin-
guna teleología, sino hablando de tareas
que pueden programarse y de máquinas
que se pueden mover, escalar y replicar.
Salvando las distancias que deban sal-
varse, vivimos un momento que nos re-
cuerda bastante a la Ilustración. También
entonces hubo una proliferación de nue-
vas tecnologías, desde los instrumentos de
medida a las maquinarias y/o estructuras
de movilización de objetos, empezando
por los carruajes, los barcos y las postas,
sin olvidar la imprenta y los museos, y
terminando por la prensa, las escuelas y
las sociedades cívicas. Dejamos a un lado
y sólo mencionamos la relación entre in-
cremento de la población y mejora de la
dieta, la higiene y el comercio. Sabemos
que todo está interconectado, aunque el
hito que aquí queremos subrayar es el que
se crea entre la aparición de nuevas tecno-
logías y la emergencia de la esfera pública.
Detengámonos en algunos detalles muy
convenientes.
Ninguna sociedad puede sobrevivir
sin algunos acuerdos que otorguen cierta
estabilidad a sus estructuras más frágiles.
De ahí que nadie discuta que los valores
son importantes, pero si hubiese un gru-
po de gentes con ganas de entenderse,
enemigos de la arbitrariedad y proclives al
rigor, tendrían que ponerse de acuerdo en
lo que signifi can estas palabras. Sabemos,
además, que es casi seguro que acaba-
rían discutiendo sobre asuntos medibles
y pesables, y que, por tanto, tendrían que
obligarse a identifi car las máquinas que
iban a emplear y los protocolos con los
que ordenar y luego comunicar sus datos.
Tendrían, en fi n, que habilitar tecnolo-
gías capaces de desanclar los fenómenos
respecto del terruño, el campanario y la
etnia. En defi nitiva, lo que queremos de-
cir es que una conversación sobre valores
puede acabar convirtiéndose en un debate
sobre tornillos y ajustes, es decir, sobre el
calibrado de instrumentos o la aberración
de lentes. En pocas palabras, separar las
ideas de las técnicas con las que se produ-
cen y movilizan implica abstracciones que
nuestro mundo ya no se puede permitir.
Lo que importa en estas tecnologías de
desanclaje o patrimonialización no es si
son artifi ciales o foráneas, sino que actúan
como instrumentos políticos creadores de
nuevos consensos. Son, en consecuencia,
máquinas morales y fundamento del or-
den cívico. Sin ellas no habría contrato
social6.
Pero hay más. Si es verdad, como aquí
estamos sosteniendo, que las ideas son
inseparables de los instrumentos con las
que los producimos, entonces hemos de
admitir que los humanos habitamos ese
espacio de consenso (colectivo y cons-
truido, en consecuencia) que habilitan las
tablas, los mapas, los arqueos, los códigos
y los diagnósticos. Desde este perspectiva,
la realidad sólo sería una excrecencia tec-
nológica, el espacio que conforman todos
los objetos tecnocientífi cos7. Expresiones
tales como “lo de fuera”, “el entorno”, “lo
que no soy yo”, “la naturaleza” aluden a
espacios más o menos asimilables unos a
otros, poblados por animales o estrellas,
pero en los que nunca encontraremos al
Estado o, en otros términos, en los que
jamás un arqueólogo desenterrará un es-
tadillo de cuentas, una previsión meteo-
rológica o un listado alfabético. Apelamos
a la realidad siempre que buscamos un
ámbito en el que fundar una autoridad,
siempre que necesitamos fortalecer una
opinión o suprimir la distancia entre las
palabras y los hechos. Pero los hechos no
son eventos espontáneos; tampoco surgen
del orden que les impone quien los mira
o los narra; sólo dejan de ser ocurrencias
cuando emergen de la mediación entre
nosotros y nuestras máquinas8.
El agua no nos necesita. Pero el H2O
no podría sobrevivir sin un ejército de
químicos, médicos e ingenieros que la re-
creen constantemente en sus laboratorios,
sus libros, sus planos, sus proyectos. La
explicación es sencilla, pues, mientras el
perejil es fruto de la evolución, el Petro-
selinum sativum es hijo de los botánicos,
como la balanza de pagos de los econo-
mistas, los quipus de los antropólogos y la
corriente del Niño de los Geógrafos. To-
dos estos objetos son criaturas científi cas
que nada tienen que ver con la existencia
de una naturaleza primigenia o mancilla-
da. Todos esos objetos no son naturales,
no existen al margen del ingenio y la ma-
nipulación. Son artifi ciales y entre todos
tejen la trama de eso que llamamos reali-
dad, incluyendo la tabla de los elementos,
la explicación de las mareas, de la fi ebre
o de las especies, sin olvidar la teoría de
errores, la de la combustión, la de los
colores y la del valor; conforman un am-
biente artifi cial, creado mediante el con-
curso de todas nuestras tecnologías, desde
la enciclopedia a la estadística, pasando
por los principios clasifi catorios, las cubas
electrolíticas y las tablas astronómicas.
La realidad, sin embargo, se ha con-
vertido en un concepto demasiado elu-
sivo9. No cuestionamos la pertinencia
de las preo cupaciones ontológicas. Pero
lo cierto es que la realidad tiene un peso
tan grande en nuestro imaginario político
y moral porque siempre se expresa con
parámetros cuantitativos, lo que prueba
la existencia de amplios consensos sobre
las magnitudes que la determinan y los
modos de calibrarlas. Lo extraño, sin em-
bargo, es el enorme esfuerzo que hacen
nuestras instituciones para sugerir que los
valores derivan de principios naturales y
no de acuerdos entre las gentes y sus má-
quinas. Es cierto, la realidad y los hechos
son la misma cosa, pero el problema se
plantea cuando queremos discriminar en-
tre hechos y opiniones. Al introducir tales
6 Para conocer detalles sobre cómo los instrumen-
tos producen valores y consensos hay que leer a Lorra-
ine Daston, ! e Moralized Objectivities of Science, en
Wolfgang Caarl & Lorraine Daston, eds., Sonderdruck
aus Wahrheit und Geschichte. Vandenhoek & Ruprecht,
Göttingen, 1999, págs. 78-100). También, Nuria Val-
verde, Instrumentos científi cos, opinión pública y economía
moral. Tesis doctoral inédita, Universidad Autónoma de
Madrid, Programa Ciencia y Cultura, enero 2004. Pero
más allá del espacio del laboratorio, la cuestión de la
producción de orden social mediante la movilización de
tecnologías ha recibido amplia atención. Y, desde luego,
es obligado mencionar los trabajos de Bruno Latour,
quien narra en clave de caso (policial) la ligazón entre
conocimiento técnico, efi cacia y consenso social en Ara-
mis or the love for technology (1992); un problema cuyos
presupuestos teóricos (y ontológicos) se exponen con
mayor fi neza, y en diálogo con las críticas vertidas a las
ciencias sociales tras el aff aire Sokal, en La esperanza de
Pandora Gedisa, Barcelona 2001. Un estudio concreto
y exquisito sobre las características mínimas de cohesión
tecnológica y los márgenes de fl exibilidad que permiten
la adaptación local de las máquinas, puede encontrarse
en Marienne De Laet y Annemarie Mol, ! e Zimbabwe
Bush Pump: Mechanics of a Fluid Technology, Social Stu-
dies of Science, 30: 225-263, 2000.
7 Bruno Latour, Mixing Humans with Non-Humans:
Sociology of a Door-Closer, Social Problems 35: 298-310,
1988; Bruno Latour, Technology is Society Made Dura-
ble, en John Law, ed., A Sociology of Monsters. Essays on
Power, Technology and Domination, Sociological Revue
Monograph 38: 103-132, 1991; Dona Haraway, Ciencia,
cyborg y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Cátedra,
Madrid 1995
8 Este fue el argumento principal del conocido
‘‘Nunca hemos sido modernos’’, Debate, Madrid 1993
de Bruno Latour, un texto que califi ca de milagrosa (e
injustifi cada) la repentina irrupción en nuestra cultura
de los hechos, unos entes de nuevo cuño utilizados
como banco de prueba en las discrepancias y funda-
mento de la historiadores pusieran el mayor mimo en
analizar la vida de quienes mejor encarnan nuestros
ideales de sabiduría y rigor para averiguar cómo pudie-
ron otorgar tanta autoridad a sus propuestas.
9 Quien prosiga la lectura de estos párrafos percibirá la
infl uencia de la obra de Ian Hacking, ‘‘Representing and In-
tervening’’, Cambridge University Press, Cambridge 1988.
26 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
les preocupadas por el hecho de que las
tecnologías reproductivas estén afl orando
una panoplia de nuevos seres vivos, naci-
dos del maridaje entre las máquinas y los
órganos. Y es que, en efecto, todo se está
plagando de quimeras, entes que pueden
ser considerados como una reordenación
con nuevos propósitos de masas ingentes
de información previa. Y conste que al
decir propósitos no estamos avalando nin-
guna teleología, sino hablando de tareas
que pueden programarse y de máquinas
que se pueden mover, escalar y replicar.
Salvando las distancias que deban sal-
varse, vivimos un momento que nos re-
cuerda bastante a la Ilustración. También
entonces hubo una proliferación de nue-
vas tecnologías, desde los instrumentos de
medida a las maquinarias y/o estructuras
de movilización de objetos, empezando
por los carruajes, los barcos y las postas,
sin olvidar la imprenta y los museos, y
terminando por la prensa, las escuelas y
las sociedades cívicas. Dejamos a un lado
y sólo mencionamos la relación entre in-
cremento de la población y mejora de la
dieta, la higiene y el comercio. Sabemos
que todo está interconectado, aunque el
hito que aquí queremos subrayar es el que
se crea entre la aparición de nuevas tecno-
logías y la emergencia de la esfera pública.
Detengámonos en algunos detalles muy
convenientes.
Ninguna sociedad puede sobrevivir
sin algunos acuerdos que otorguen cierta
estabilidad a sus estructuras más frágiles.
De ahí que nadie discuta que los valores
son importantes, pero si hubiese un gru-
po de gentes con ganas de entenderse,
enemigos de la arbitrariedad y proclives al
rigor, tendrían que ponerse de acuerdo en
lo que signifi can estas palabras. Sabemos,
además, que es casi seguro que acaba-
rían discutiendo sobre asuntos medibles
y pesables, y que, por tanto, tendrían que
obligarse a identifi car las máquinas que
iban a emplear y los protocolos con los
que ordenar y luego comunicar sus datos.
Tendrían, en fi n, que habilitar tecnolo-
gías capaces de desanclar los fenómenos
respecto del terruño, el campanario y la
etnia. En defi nitiva, lo que queremos de-
cir es que una conversación sobre valores
puede acabar convirtiéndose en un debate
sobre tornillos y ajustes, es decir, sobre el
calibrado de instrumentos o la aberración
de lentes. En pocas palabras, separar las
ideas de las técnicas con las que se produ-
cen y movilizan implica abstracciones que
nuestro mundo ya no se puede permitir.
Lo que importa en estas tecnologías de
desanclaje o patrimonialización no es si
son artifi ciales o foráneas, sino que actúan
como instrumentos políticos creadores de
nuevos consensos. Son, en consecuencia,
máquinas morales y fundamento del or-
den cívico. Sin ellas no habría contrato
social6.
Pero hay más. Si es verdad, como aquí
estamos sosteniendo, que las ideas son
inseparables de los instrumentos con las
que los producimos, entonces hemos de
admitir que los humanos habitamos ese
espacio de consenso (colectivo y cons-
truido, en consecuencia) que habilitan las
tablas, los mapas, los arqueos, los códigos
y los diagnósticos. Desde este perspectiva,
la realidad sólo sería una excrecencia tec-
nológica, el espacio que conforman todos
los objetos tecnocientífi cos7. Expresiones
tales como “lo de fuera”, “el entorno”, “lo
que no soy yo”, “la naturaleza” aluden a
espacios más o menos asimilables unos a
otros, poblados por animales o estrellas,
pero en los que nunca encontraremos al
Estado o, en otros términos, en los que
jamás un arqueólogo desenterrará un es-
tadillo de cuentas, una previsión meteo-
rológica o un listado alfabético. Apelamos
a la realidad siempre que buscamos un
ámbito en el que fundar una autoridad,
siempre que necesitamos fortalecer una
opinión o suprimir la distancia entre las
palabras y los hechos. Pero los hechos no
son eventos espontáneos; tampoco surgen
del orden que les impone quien los mira
o los narra; sólo dejan de ser ocurrencias
cuando emergen de la mediación entre
nosotros y nuestras máquinas8.
El agua no nos necesita. Pero el H2O
no podría sobrevivir sin un ejército de
químicos, médicos e ingenieros que la re-
creen constantemente en sus laboratorios,
sus libros, sus planos, sus proyectos. La
explicación es sencilla, pues, mientras el
perejil es fruto de la evolución, el Petro-
selinum sativum es hijo de los botánicos,
como la balanza de pagos de los econo-
mistas, los quipus de los antropólogos y la
corriente del Niño de los Geógrafos. To-
dos estos objetos son criaturas científi cas
que nada tienen que ver con la existencia
de una naturaleza primigenia o mancilla-
da. Todos esos objetos no son naturales,
no existen al margen del ingenio y la ma-
nipulación. Son artifi ciales y entre todos
tejen la trama de eso que llamamos reali-
dad, incluyendo la tabla de los elementos,
la explicación de las mareas, de la fi ebre
o de las especies, sin olvidar la teoría de
errores, la de la combustión, la de los
colores y la del valor; conforman un am-
biente artifi cial, creado mediante el con-
curso de todas nuestras tecnologías, desde
la enciclopedia a la estadística, pasando
por los principios clasifi catorios, las cubas
electrolíticas y las tablas astronómicas.
La realidad, sin embargo, se ha con-
vertido en un concepto demasiado elu-
sivo9. No cuestionamos la pertinencia
de las preo cupaciones ontológicas. Pero
lo cierto es que la realidad tiene un peso
tan grande en nuestro imaginario político
y moral porque siempre se expresa con
parámetros cuantitativos, lo que prueba
la existencia de amplios consensos sobre
las magnitudes que la determinan y los
modos de calibrarlas. Lo extraño, sin em-
bargo, es el enorme esfuerzo que hacen
nuestras instituciones para sugerir que los
valores derivan de principios naturales y
no de acuerdos entre las gentes y sus má-
quinas. Es cierto, la realidad y los hechos
son la misma cosa, pero el problema se
plantea cuando queremos discriminar en-
tre hechos y opiniones. Al introducir tales
6 Para conocer detalles sobre cómo los instrumen-
tos producen valores y consensos hay que leer a Lorra-
ine Daston, ! e Moralized Objectivities of Science, en
Wolfgang Caarl & Lorraine Daston, eds., Sonderdruck
aus Wahrheit und Geschichte. Vandenhoek & Ruprecht,
Göttingen, 1999, págs. 78-100). También, Nuria Val-
verde, Instrumentos científi cos, opinión pública y economía
moral. Tesis doctoral inédita, Universidad Autónoma de
Madrid, Programa Ciencia y Cultura, enero 2004. Pero
más allá del espacio del laboratorio, la cuestión de la
producción de orden social mediante la movilización de
tecnologías ha recibido amplia atención. Y, desde luego,
es obligado mencionar los trabajos de Bruno Latour,
quien narra en clave de caso (policial) la ligazón entre
conocimiento técnico, efi cacia y consenso social en Ara-
mis or the love for technology (1992); un problema cuyos
presupuestos teóricos (y ontológicos) se exponen con
mayor fi neza, y en diálogo con las críticas vertidas a las
ciencias sociales tras el aff aire Sokal, en La esperanza de
Pandora Gedisa, Barcelona 2001. Un estudio concreto
y exquisito sobre las características mínimas de cohesión
tecnológica y los márgenes de fl exibilidad que permiten
la adaptación local de las máquinas, puede encontrarse
en Marienne De Laet y Annemarie Mol, ! e Zimbabwe
Bush Pump: Mechanics of a Fluid Technology, Social Stu-
dies of Science, 30: 225-263, 2000.
7 Bruno Latour, Mixing Humans with Non-Humans:
Sociology of a Door-Closer, Social Problems 35: 298-310,
1988; Bruno Latour, Technology is Society Made Dura-
ble, en John Law, ed., A Sociology of Monsters. Essays on
Power, Technology and Domination, Sociological Revue
Monograph 38: 103-132, 1991; Dona Haraway, Ciencia,
cyborg y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Cátedra,
Madrid 1995
8 Este fue el argumento principal del conocido
‘‘Nunca hemos sido modernos’’, Debate, Madrid 1993
de Bruno Latour, un texto que califi ca de milagrosa (e
injustifi cada) la repentina irrupción en nuestra cultura
de los hechos, unos entes de nuevo cuño utilizados
como banco de prueba en las discrepancias y funda-
mento de la historiadores pusieran el mayor mimo en
analizar la vida de quienes mejor encarnan nuestros
ideales de sabiduría y rigor para averiguar cómo pudie-
ron otorgar tanta autoridad a sus propuestas.
9 Quien prosiga la lectura de estos párrafos percibirá la
infl uencia de la obra de Ian Hacking, ‘‘Representing and In-
tervening’’, Cambridge University Press, Cambridge 1988.
Page 4
ANTONIO LAFUENTE
27Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
matices salen al escenario los expertos y
toda la panoplia de artilugios que suelen
utilizar para medir el pulso, hacer balan-
ces y establecer genealogías10.
Lo mismo le ocurre al patrimonio.
Hay mucho mérito en saber lo que de-
bemos preservar, una operación que no
tiene nada de obvia. A veces, los museos
presentan sus tesoros como si todo lo
allí mostrado, desde el edifi cio al último
objeto, pasando por las vitrinas y los ca-
tálogos o los visitantes y sus gestos, todo,
decimos, cualquier cosa sin excepción,
no hubiese alcanzado su significación
tras un largo proceso de construcción del
valor. ¿Cómo sabemos que el destino de
los meteoritos y los ammonites, o el de
los penachos, las probetas, los manus-
critos y las estelas es un museo? Desde
luego, hace falta mucha sensibilidad (o
autoridad), pero nada podríamos hacer
sin las muchas herramientas necesarias
para objetivar algunas características que
podamos califi car de exclusivas o deter-
minantes. La relación entonces entre pa-
trimonio y tecnología, como vemos, es
profunda. Tanto que, como ya dijimos,
no puede haber patrimonio sin las múl-
tiples técnicas necesarias para sostenerlo,
desde los aparatos de calibración a los
de datación, por no mencionar todos los
gadgets que aseguran la representación,
reproducción, exhibición y otras movili-
zaciones que permiten a los objetos patri-
monializados transitar desde los impresos
a los museos y desde los yacimientos a las
marcas.
La ciencia es un conjunto de prác-
ticas que tratan de identifi car las regu-
laridades medibles en todo cuanto nos
rodea y, en consecuencia, proyecta sobre
el mundo la ilusión de que es estable. Ya
hemos explicado que las mencionadas
permanencias, la realidad, son una crea-
ción humana. Tenemos muchos ejem-
plos que nos avalan, pero ninguno es
más calamitoso que la noción de raza o
más simpático que la asignación de siete
colores al arco iris. Pocos, sin embargo,
son más apropiados que la crítica que el
naturalista Buff on (o Goethe y todos los
románticos, incluidos los científi cos) hizo
de la noción de especie, un artefacto con-
ceptual que creó barreras artifi ciales en el
mundo de las plantas y los animales.
Como quiera que sea, es cierto que
las prácticas científi cas, a la par que otor-
gan o quitan objetividad, crean o hacen
visibles los objetos. Dicho proceso, si-
guiendo con las obviedades, no sólo tiene
un carácter público (debe ser publicita-
do y compartido), sino que es comunal
(debe ser coproducido y consensuado). El
cometa de Ticho, el prisma de Newton,
el oxígeno de Lavoisier, los pinzones de
Darwin, los quanta de Planck o las droso-
philas de Morgan no pertenecen a nadie,
conforman un patrimonio de la huma-
nidad. Y así fueron percibidas otras pro-
ducciones del siglo , como las tera-
pias con la quina, la pastilla del caldo de
carne, el megaterio de Bru, los métodos
para la determinación de la longitud por
las distancias lunares o el propuesto por
el barón von Borg para la amalgamación
de la plata. Había un orgullo, incluso
connotado con sentimientos naciona-
listas, en quien hacía el descubrimiento
pero también una conciencia de que su
hallazgo no pertenecía a nadie.
Y ahora imaginemos esa prolifera-
ción de nuevos objetos que la ciencia
ilustrada hizo visibles y que, además de
colonizar el imaginario colectivo, fueron
poco a poco encontrando su sitio en la
urbe. En todas las ciudades de Europa
aparecen jardines botánicos, galerías de
máquinas, gabinetes de Historia Natural,
museos numismáticos, bibliotecas públi-
cas, pinacotecas… que no solamente ha-
cen públicas y reordenan viejas coleccio-
nes antes reservadas a la aristocracia, sino
que también se mezclan con los objetos
más nuevos y ordinarios, desde una roca
basáltica a un arado, incluyendo porcela-
nas exquisitas, dibujos del Teide, planos
de Quito y muestras de la platina. Los
museos se expanden por la urbe a la mis-
ma velocidad que la ciencia moderna.
El mundo es presentado según las
categorías de lo observable11. Se acen-
túan así las diferencias, todo cuanto es
medible, pesable o escindible, al contra-
rio de lo que sucedía en el coleccionismo
renacentista y barroco, que trataba de
insinuar las conexiones ocultas, antes que
los rasgos perceptibles12. Y así el museo
moderno quedó confi gurado como una
institución cuya función no es presentar
objetos únicos, sino fragmentos signifi -
cativos de series unifi cadas. ¿Qué series,
qué objetos? ¿Puede haber museos que no
busquen lo excepcional? Sí. Sí, porque lo
único no tiene que coincidir con lo extra-
vagante o lo mistérico, sino con lo armó-
nico, lo transparente o lo universal. ¿Y a
quién pertenecen estos valores? ¿Quiénes
deben ser de origen los propietarios de los
objetos que los representan y sostienen?
Fueron creados mediante nuestras tecno-
logías y sólo pueden ser bienes comuna-
les. Nacieron para ingresar en el fondo
que conforman los commons. Son parte
del procomún13.
La primera floración de
los comunes: museos y luces
Toda esta línea argumental sería sospecho-
sa si no vinculáramos la noción de patria
a la de patrimonio. Y a eso vamos. Porque
durante la Ilustración se otorgó valor a
muchos objetos que daban cuenta del ideal
de civilización que se estaba acunando
y, entre ellos, sería absurdo desdeñar los
que tienen que ver con la historia o la ar-
queología. Y entre las muchas maneras de
adentrarnos en ese mundo, pocas son más
prometedoras que las que conectan la idea
de ruina o crisis con la de patria o patri-
monio amenazado. La preocupación por
la decadencia de antiguas glorias (bíblicas
o imperiales) debía ser explicada, pues du-
rante la Ilustración se hizo lugar común la
idea de que nada sucedía porque sí ni era
fruto del acaso14. Y, desde luego, encon-
11 Eilean Hooper-Greenhill, “$ e Museum in the
disciplinary Society”, in Susan M. Pearce, ed., ‘‘Mu-
seum Studies in Material Culture’’, Leicester University
Press, Leicester 1989, págs. 61-72. E. Hooper-Greenhill,
‘‘Museums and the Shaping of Knowledge’’, Routledge,
London 1992. Ver también de Hooper-Greenhill, “$ e
Space of the Museum”, htpp://subsol.c3.hu/subsol_2/
contributors3/greenhilltext.html. También Ludmilla
Jordanova, ‘‘Objects of Knowledge: A Historical Pers-
pective on Museums’’, in Peter Vergo (ed.), ! e New
Museology, Reaktion Books, London 1989, págs. 22-40.
12 Cf. Juan Pimentel, Testigos del mundo. Ciencia, lite-
ratura y viajes en la Ilustración, Marcial Pons, Madrid 2003,
especialmente el capítulo 4 “La naturaleza representada:
el Gabinete de Maravillas de Franco Dávila”, págs. 149ss.
También, Oliver Impey & Arthur MacGregor, eds., ! e
origins of Museums. ! e Cabinet of Curiosities in Sixteenth
and Seventeenth Century Europe, Clarendon Press, Oxford
1985.
13 Procomún: substantivo masculino, derivado de
‘‘pro’’ (provecho) y ‘‘común’’, y que signifi ca ‘‘utilidad pú-
blica’’ (DRAE). Aquí se utiliza para traducir el término in-
glés commons, que literalmente signifi ca campos comunales.
El procomún es un tipo particular de ordenación institu-
cional para gobernar el uso y la disposición de recursos. Su
característica prominente, que la defi ne en contraposición
a la propiedad, es que ninguna persona individual tiene un
control exclusivo sobre el uso y la disposición de cualquier
recurso particular. Cf. Yochai Benkler, “La economía po-
lítica del procomún”, http://www.sindominio.net/biblio-
web/telematica/yochai.html
14 Con toda claridad lo expresaba, entre otros mu-
chos Sempere y Guarinos, uno de los mayores apologetas
de Carlos III y su reinado, “...porque ni la prudencia, ni la
infelicidad de las naciones son efectos puramente del acaso“.
Juan Sempere y Guarinos (1788), ‘‘Historia del Luxo, y
de las leyes suntuarias de España’’, Imprenta Real, Tomo I.
Madrid, pág. 18.
10 CF., T. Porter, ‘‘Trust in numbers. $ e Pursuit
of Objectivity in Science and Public Life’’, Princeton
University Press, Princeton 1995; también, Ian Hacking
(1990) ‘‘La domesticación del azar. La erosión del de-
terminismo y el nacimiento de las ciencias del caos’’,
Gedisa, Barcelona 1995.
27Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
matices salen al escenario los expertos y
toda la panoplia de artilugios que suelen
utilizar para medir el pulso, hacer balan-
ces y establecer genealogías10.
Lo mismo le ocurre al patrimonio.
Hay mucho mérito en saber lo que de-
bemos preservar, una operación que no
tiene nada de obvia. A veces, los museos
presentan sus tesoros como si todo lo
allí mostrado, desde el edifi cio al último
objeto, pasando por las vitrinas y los ca-
tálogos o los visitantes y sus gestos, todo,
decimos, cualquier cosa sin excepción,
no hubiese alcanzado su significación
tras un largo proceso de construcción del
valor. ¿Cómo sabemos que el destino de
los meteoritos y los ammonites, o el de
los penachos, las probetas, los manus-
critos y las estelas es un museo? Desde
luego, hace falta mucha sensibilidad (o
autoridad), pero nada podríamos hacer
sin las muchas herramientas necesarias
para objetivar algunas características que
podamos califi car de exclusivas o deter-
minantes. La relación entonces entre pa-
trimonio y tecnología, como vemos, es
profunda. Tanto que, como ya dijimos,
no puede haber patrimonio sin las múl-
tiples técnicas necesarias para sostenerlo,
desde los aparatos de calibración a los
de datación, por no mencionar todos los
gadgets que aseguran la representación,
reproducción, exhibición y otras movili-
zaciones que permiten a los objetos patri-
monializados transitar desde los impresos
a los museos y desde los yacimientos a las
marcas.
La ciencia es un conjunto de prác-
ticas que tratan de identifi car las regu-
laridades medibles en todo cuanto nos
rodea y, en consecuencia, proyecta sobre
el mundo la ilusión de que es estable. Ya
hemos explicado que las mencionadas
permanencias, la realidad, son una crea-
ción humana. Tenemos muchos ejem-
plos que nos avalan, pero ninguno es
más calamitoso que la noción de raza o
más simpático que la asignación de siete
colores al arco iris. Pocos, sin embargo,
son más apropiados que la crítica que el
naturalista Buff on (o Goethe y todos los
románticos, incluidos los científi cos) hizo
de la noción de especie, un artefacto con-
ceptual que creó barreras artifi ciales en el
mundo de las plantas y los animales.
Como quiera que sea, es cierto que
las prácticas científi cas, a la par que otor-
gan o quitan objetividad, crean o hacen
visibles los objetos. Dicho proceso, si-
guiendo con las obviedades, no sólo tiene
un carácter público (debe ser publicita-
do y compartido), sino que es comunal
(debe ser coproducido y consensuado). El
cometa de Ticho, el prisma de Newton,
el oxígeno de Lavoisier, los pinzones de
Darwin, los quanta de Planck o las droso-
philas de Morgan no pertenecen a nadie,
conforman un patrimonio de la huma-
nidad. Y así fueron percibidas otras pro-
ducciones del siglo , como las tera-
pias con la quina, la pastilla del caldo de
carne, el megaterio de Bru, los métodos
para la determinación de la longitud por
las distancias lunares o el propuesto por
el barón von Borg para la amalgamación
de la plata. Había un orgullo, incluso
connotado con sentimientos naciona-
listas, en quien hacía el descubrimiento
pero también una conciencia de que su
hallazgo no pertenecía a nadie.
Y ahora imaginemos esa prolifera-
ción de nuevos objetos que la ciencia
ilustrada hizo visibles y que, además de
colonizar el imaginario colectivo, fueron
poco a poco encontrando su sitio en la
urbe. En todas las ciudades de Europa
aparecen jardines botánicos, galerías de
máquinas, gabinetes de Historia Natural,
museos numismáticos, bibliotecas públi-
cas, pinacotecas… que no solamente ha-
cen públicas y reordenan viejas coleccio-
nes antes reservadas a la aristocracia, sino
que también se mezclan con los objetos
más nuevos y ordinarios, desde una roca
basáltica a un arado, incluyendo porcela-
nas exquisitas, dibujos del Teide, planos
de Quito y muestras de la platina. Los
museos se expanden por la urbe a la mis-
ma velocidad que la ciencia moderna.
El mundo es presentado según las
categorías de lo observable11. Se acen-
túan así las diferencias, todo cuanto es
medible, pesable o escindible, al contra-
rio de lo que sucedía en el coleccionismo
renacentista y barroco, que trataba de
insinuar las conexiones ocultas, antes que
los rasgos perceptibles12. Y así el museo
moderno quedó confi gurado como una
institución cuya función no es presentar
objetos únicos, sino fragmentos signifi -
cativos de series unifi cadas. ¿Qué series,
qué objetos? ¿Puede haber museos que no
busquen lo excepcional? Sí. Sí, porque lo
único no tiene que coincidir con lo extra-
vagante o lo mistérico, sino con lo armó-
nico, lo transparente o lo universal. ¿Y a
quién pertenecen estos valores? ¿Quiénes
deben ser de origen los propietarios de los
objetos que los representan y sostienen?
Fueron creados mediante nuestras tecno-
logías y sólo pueden ser bienes comuna-
les. Nacieron para ingresar en el fondo
que conforman los commons. Son parte
del procomún13.
La primera floración de
los comunes: museos y luces
Toda esta línea argumental sería sospecho-
sa si no vinculáramos la noción de patria
a la de patrimonio. Y a eso vamos. Porque
durante la Ilustración se otorgó valor a
muchos objetos que daban cuenta del ideal
de civilización que se estaba acunando
y, entre ellos, sería absurdo desdeñar los
que tienen que ver con la historia o la ar-
queología. Y entre las muchas maneras de
adentrarnos en ese mundo, pocas son más
prometedoras que las que conectan la idea
de ruina o crisis con la de patria o patri-
monio amenazado. La preocupación por
la decadencia de antiguas glorias (bíblicas
o imperiales) debía ser explicada, pues du-
rante la Ilustración se hizo lugar común la
idea de que nada sucedía porque sí ni era
fruto del acaso14. Y, desde luego, encon-
11 Eilean Hooper-Greenhill, “$ e Museum in the
disciplinary Society”, in Susan M. Pearce, ed., ‘‘Mu-
seum Studies in Material Culture’’, Leicester University
Press, Leicester 1989, págs. 61-72. E. Hooper-Greenhill,
‘‘Museums and the Shaping of Knowledge’’, Routledge,
London 1992. Ver también de Hooper-Greenhill, “$ e
Space of the Museum”, htpp://subsol.c3.hu/subsol_2/
contributors3/greenhilltext.html. También Ludmilla
Jordanova, ‘‘Objects of Knowledge: A Historical Pers-
pective on Museums’’, in Peter Vergo (ed.), ! e New
Museology, Reaktion Books, London 1989, págs. 22-40.
12 Cf. Juan Pimentel, Testigos del mundo. Ciencia, lite-
ratura y viajes en la Ilustración, Marcial Pons, Madrid 2003,
especialmente el capítulo 4 “La naturaleza representada:
el Gabinete de Maravillas de Franco Dávila”, págs. 149ss.
También, Oliver Impey & Arthur MacGregor, eds., ! e
origins of Museums. ! e Cabinet of Curiosities in Sixteenth
and Seventeenth Century Europe, Clarendon Press, Oxford
1985.
13 Procomún: substantivo masculino, derivado de
‘‘pro’’ (provecho) y ‘‘común’’, y que signifi ca ‘‘utilidad pú-
blica’’ (DRAE). Aquí se utiliza para traducir el término in-
glés commons, que literalmente signifi ca campos comunales.
El procomún es un tipo particular de ordenación institu-
cional para gobernar el uso y la disposición de recursos. Su
característica prominente, que la defi ne en contraposición
a la propiedad, es que ninguna persona individual tiene un
control exclusivo sobre el uso y la disposición de cualquier
recurso particular. Cf. Yochai Benkler, “La economía po-
lítica del procomún”, http://www.sindominio.net/biblio-
web/telematica/yochai.html
14 Con toda claridad lo expresaba, entre otros mu-
chos Sempere y Guarinos, uno de los mayores apologetas
de Carlos III y su reinado, “...porque ni la prudencia, ni la
infelicidad de las naciones son efectos puramente del acaso“.
Juan Sempere y Guarinos (1788), ‘‘Historia del Luxo, y
de las leyes suntuarias de España’’, Imprenta Real, Tomo I.
Madrid, pág. 18.
10 CF., T. Porter, ‘‘Trust in numbers. $ e Pursuit
of Objectivity in Science and Public Life’’, Princeton
University Press, Princeton 1995; también, Ian Hacking
(1990) ‘‘La domesticación del azar. La erosión del de-
terminismo y el nacimiento de las ciencias del caos’’,
Gedisa, Barcelona 1995.
Page 5
EL MUSEO COMO CASA DE LOS COMUNES
28 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
trar las causas de algún declive demanda
prácticas de objetivación que puedan ser
contrastadas15. La historia, entonces, deja
de ser crónica y hagiografía, y se convierte
en una empresa pública, es decir, discipli-
nar y, por tanto, política. Y como buscar
explicaciones demanda mucho método,
muchos datos y mucho cálculo, los erudi-
tos se dedican a buscar en el pasado atis-
bos de estrategias, invenciones, cómputos
o trazas, que manifi esten un orden suscep-
tible de evolucionar y/o deteriorarse. En
este punto los problemas se amontonaban,
pero había dos que alcanzaron una urgen-
cia mayor: primero, habilitar las tecnolo-
gías de datación y localización, el cuándo
y el dónde que articulan el discurso his-
tórico; y, el segundo, consensuar las varia-
bles (invenciones técnicas, construcciones
arquitectónicas, procesos productivos o
representaciones gráfi cas) cuya huella pu-
diera defi nir la fl echa del tiempo; o sea,
los signos del progreso. Situar en el centro
del relato histórico una constelación de ar-
tefactos, virtuales o mecánicos, implicaba
ver el mundo de las invenciones como un
logro que, a diferencia del artístico, era de
naturaleza colectiva y cotidiana, fruto anó-
nimo de la aquilatación (local) y de la imi-
tación (secular) de prácticas dispersas16.
Las consecuencias acabaron siendo
espectaculares. El conocimiento técnico
debía ser también un patrimonio común
que circulara libremente, lo que demandó
un novedoso sistema de patentes, mayor
reconocimiento para los maquetistas y
dibujantes técnicos, y una tenaz guerra
contra las corporaciones17. Y para los his-
toriadores también había una tarea por
delante, pues el valor de las cosas se con-
funde con la difi cultad para producirlas y,
en consecuencia, dejan de ser pedruscos
o garabatos los objetos que testimonian
algún grado contrastable de pericia o ci-
vilización. O sea, que sí, que tenemos un
pasado común (de todos y de nadie, al
mismo tiempo), y aquí está la segunda
novedad, que es técnico. Lo que hay de
imitable en el pasado son sus procedi-
mientos, ocultos u olvidados, y así se logra
la extraña cuadratura del círculo que ve
en las tecnologías del pasado la raíz de un
patrimonio común y el hilo conductor de
un discurso capaz de homogenizar la plu-
ralidad de historias locales o regionales.
No nos extraña entonces el furor co-
leccionista que se apodera de todas las
cortes, imperiales o no, metropolitanas o
provinciales, como tampoco podría sor-
prendernos su correlato más obvio: la
proliferación de excavaciones y profana-
ciones. Y, en efecto, sobran documentos
que nos hablan de los encargos que re-
cibieron los expedicionarios, ya sea por
las colonias, ya sea por las provincias, en
donde queda claro que nada debía quedar
fuera de su atención. Ninguna antigüedad
está carente de interés, desde las monedas
y los restos arqueológicos a cualquier útil
religioso, sin importar el material, el artis-
ta o la técnica que lo produjo. La riqueza
fl orística, los usos terapéuticos y produc-
tivos, los fondos archivísticos, los recursos
geológicos, agrarios y forestales, también
ocupan su sitio entre los encargos. Du-
rante la Ilustración se consolida el primer
gran movimiento de hipertrofi a patrimo-
nial y monumentalista18.
17 Antonio M. Moral Roncal, (1998), Gremios e
Ilustración en Madrid (1775-1836). Actas ed. Madrid.
18 Nada lo puede probar mejor que la Real Cédula
del 6 de julio de 1803, redactada según una Instrucción
de la Real Academia de la Historia, sobre el modo de
recoger y conservar los monumentos antiguos “Por
monumentos antiguos se deben entender las estatuas,
bustos y baxos relieves, de qualesquiera materia que
sean, templos, sepulcros, teatros, anfiteatros, circos,
naumachias, palestras, baños, calzadas, caminos, aqüe-
ductos, lápidas ó inscripciones, mosaycos, monedas de
qualquiera clase, camaferos: trozos de arquitectura, colu-
nas miliarias; instrumentos músicos, como sistros, liras,
crótalos; [instrumentos] sagrados, como preferículos,
símpulos, lituos, cuchillos sacrifi catorios, segures, asper-
sorios, vasos, trípodes: armas de todas especies, como
arcos, fl echhas, glandes, carcaxes, escudos; [instrumen-
tos] civiles, como balanzas, y sus pesas, romanas, reloxes
solares ó maquinales, armilas, collares, coronas, anillos,
sellos: toda suerte de utensilios, instrumentos de artes
liberales y mecánicas; y fi nalmente cualesquiera cosas,
aun desconocidas, reputadas por antiguas, ya sean Pú-
nicas, Romanas, Cristinas, ya Godas, Arabes y de baxa
edad”. Por esta cédula la Real Academia de la Historia
16 Vid. Liliane Hilaire-Pérez, Diderot’s views on ar-
tists’ and inventors right: invention, imitation and reputa-
tion, International Conference on Technological Policy
and Innovation. Economic and historical perspectives
(CNRS-OECD-CREST-NBER) en www.panoramix.
univ-paris1.fr/INNOVATION/Papiers%20colloque/
HilairePerez
15 Antonio Lafuente y Nuria Valverde (2003), “Las
políticas del sentido común: Feijoo contra los dislates del
rigor”, en Inmaculada Urzainqui, ed., ‘‘Feijoo, hoy’’, Fun-
dación Gregorio Marañón / Instituto Feijoo de Estudios del
siglo XVIII, Oviedo, págs. 131-157.
28 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
trar las causas de algún declive demanda
prácticas de objetivación que puedan ser
contrastadas15. La historia, entonces, deja
de ser crónica y hagiografía, y se convierte
en una empresa pública, es decir, discipli-
nar y, por tanto, política. Y como buscar
explicaciones demanda mucho método,
muchos datos y mucho cálculo, los erudi-
tos se dedican a buscar en el pasado atis-
bos de estrategias, invenciones, cómputos
o trazas, que manifi esten un orden suscep-
tible de evolucionar y/o deteriorarse. En
este punto los problemas se amontonaban,
pero había dos que alcanzaron una urgen-
cia mayor: primero, habilitar las tecnolo-
gías de datación y localización, el cuándo
y el dónde que articulan el discurso his-
tórico; y, el segundo, consensuar las varia-
bles (invenciones técnicas, construcciones
arquitectónicas, procesos productivos o
representaciones gráfi cas) cuya huella pu-
diera defi nir la fl echa del tiempo; o sea,
los signos del progreso. Situar en el centro
del relato histórico una constelación de ar-
tefactos, virtuales o mecánicos, implicaba
ver el mundo de las invenciones como un
logro que, a diferencia del artístico, era de
naturaleza colectiva y cotidiana, fruto anó-
nimo de la aquilatación (local) y de la imi-
tación (secular) de prácticas dispersas16.
Las consecuencias acabaron siendo
espectaculares. El conocimiento técnico
debía ser también un patrimonio común
que circulara libremente, lo que demandó
un novedoso sistema de patentes, mayor
reconocimiento para los maquetistas y
dibujantes técnicos, y una tenaz guerra
contra las corporaciones17. Y para los his-
toriadores también había una tarea por
delante, pues el valor de las cosas se con-
funde con la difi cultad para producirlas y,
en consecuencia, dejan de ser pedruscos
o garabatos los objetos que testimonian
algún grado contrastable de pericia o ci-
vilización. O sea, que sí, que tenemos un
pasado común (de todos y de nadie, al
mismo tiempo), y aquí está la segunda
novedad, que es técnico. Lo que hay de
imitable en el pasado son sus procedi-
mientos, ocultos u olvidados, y así se logra
la extraña cuadratura del círculo que ve
en las tecnologías del pasado la raíz de un
patrimonio común y el hilo conductor de
un discurso capaz de homogenizar la plu-
ralidad de historias locales o regionales.
No nos extraña entonces el furor co-
leccionista que se apodera de todas las
cortes, imperiales o no, metropolitanas o
provinciales, como tampoco podría sor-
prendernos su correlato más obvio: la
proliferación de excavaciones y profana-
ciones. Y, en efecto, sobran documentos
que nos hablan de los encargos que re-
cibieron los expedicionarios, ya sea por
las colonias, ya sea por las provincias, en
donde queda claro que nada debía quedar
fuera de su atención. Ninguna antigüedad
está carente de interés, desde las monedas
y los restos arqueológicos a cualquier útil
religioso, sin importar el material, el artis-
ta o la técnica que lo produjo. La riqueza
fl orística, los usos terapéuticos y produc-
tivos, los fondos archivísticos, los recursos
geológicos, agrarios y forestales, también
ocupan su sitio entre los encargos. Du-
rante la Ilustración se consolida el primer
gran movimiento de hipertrofi a patrimo-
nial y monumentalista18.
17 Antonio M. Moral Roncal, (1998), Gremios e
Ilustración en Madrid (1775-1836). Actas ed. Madrid.
18 Nada lo puede probar mejor que la Real Cédula
del 6 de julio de 1803, redactada según una Instrucción
de la Real Academia de la Historia, sobre el modo de
recoger y conservar los monumentos antiguos “Por
monumentos antiguos se deben entender las estatuas,
bustos y baxos relieves, de qualesquiera materia que
sean, templos, sepulcros, teatros, anfiteatros, circos,
naumachias, palestras, baños, calzadas, caminos, aqüe-
ductos, lápidas ó inscripciones, mosaycos, monedas de
qualquiera clase, camaferos: trozos de arquitectura, colu-
nas miliarias; instrumentos músicos, como sistros, liras,
crótalos; [instrumentos] sagrados, como preferículos,
símpulos, lituos, cuchillos sacrifi catorios, segures, asper-
sorios, vasos, trípodes: armas de todas especies, como
arcos, fl echhas, glandes, carcaxes, escudos; [instrumen-
tos] civiles, como balanzas, y sus pesas, romanas, reloxes
solares ó maquinales, armilas, collares, coronas, anillos,
sellos: toda suerte de utensilios, instrumentos de artes
liberales y mecánicas; y fi nalmente cualesquiera cosas,
aun desconocidas, reputadas por antiguas, ya sean Pú-
nicas, Romanas, Cristinas, ya Godas, Arabes y de baxa
edad”. Por esta cédula la Real Academia de la Historia
16 Vid. Liliane Hilaire-Pérez, Diderot’s views on ar-
tists’ and inventors right: invention, imitation and reputa-
tion, International Conference on Technological Policy
and Innovation. Economic and historical perspectives
(CNRS-OECD-CREST-NBER) en www.panoramix.
univ-paris1.fr/INNOVATION/Papiers%20colloque/
HilairePerez
15 Antonio Lafuente y Nuria Valverde (2003), “Las
políticas del sentido común: Feijoo contra los dislates del
rigor”, en Inmaculada Urzainqui, ed., ‘‘Feijoo, hoy’’, Fun-
dación Gregorio Marañón / Instituto Feijoo de Estudios del
siglo XVIII, Oviedo, págs. 131-157.
Page 6
ANTONIO LAFUENTE
29Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
Y es que, en efecto, interesa todo. De-
cir, sin embargo, que algo adquiere la con-
dición de bien patrimonial implica que el
objeto es sometido a varios regímenes dis-
ciplinarios. El primero trata de informarlo
según las tecnologías accesibles, ya sea
para defi nir su composición o datación, ya
sea para reducirlo a un plano o fi jar sus di-
mensiones. La química, la cronología y la
planimetría, entre otros saberes, funcionan
como ciencias auxiliares, y sus dictámenes
son importantes para todo lo que tenga
que ver con la preservación de la pieza. Ya
lo dijimos: un objeto sólo está bien infor-
mado cuando se publicita el valor de los
parámetros que defi nen sus características,
así como los procedimientos empleados
para medirlos. Otorgar a un objeto valor
patrimonial equivale a determinarlo cien-
tífi ca y jurídicamente. Hablamos enton-
ces de un patrimonio que sólo puede ser
construido mediante el concurso intensivo
de nuestras tecnologías y, en consecuencia,
que sólo puede ser defendido (preservado)
si mantenemos aquellos parámetros que
defi nían su valor dentro de márgenes de
oscilación razonables.
El segundo régimen disciplinario que
mencionábamos es el mercado. Al prote-
ger algo contra el intercambio comercial,
se favorece la emergencia de un tráfi co,
público y privado, de objetos parecidos o
de simples copias. En este punto los mu-
seos desempeñan una función decisiva,
pues, igual que los hechos adquieren vero-
similitud al ser experimentales, los objetos
centuplican su valor al entrar en un mu-
seo. El laboratorio y el museo funcionan
entonces como lanzaderas que impulsan
la movilidad en dos redes distintas y com-
plementarias: la de objetos científi cos y la
de objetos patrimoniales, la de la ciencia y
la del patrimonio. Y al igual que durante
el siglo no podría sobrevivir la bo-
tánica sin los boticarios, los jardineros y
los dibujantes, lo mismo le ocurre a los
arqueólogos sin el enjambre de trafi cantes,
coleccionistas y tasadores. No es fácil dis-
tinguir a un investigador de un tasador y,
miremos donde miremos, siempre encon-
traremos varias tropillas de peritos, doctos,
entendidos y enterados, compartiendo el
objeto y contribuyendo a su agitación y
permuta.
Y así quedaron los museos confi gura-
dos como instituciones que preservaban,
espacial y técnicamente, entre paredes y
disciplinas, todo cuanto tenía valor, estaba
amenazado y cupiese dentro. En general,
se apreciaba la originalidad y se premiaba
la excepcionalidad, ya fuese por la peri-
cia, ya fuera por la rareza; pero lo cierto
es que la mayoría de los museos que se
inauguraron acumulaban reproducciones,
maquetas, especímenes o modelos, es de-
cir, objetos reemplazables. No se trataba
entonces de piezas únicas, y su mérito
principal era ser parte de una colección,
sustentar la ilusión de que el mundo (o al
menos algún fragmento signifi cativo) era
abarcable. Así, en todas las cortes había un
lugar donde guardar una buena pirita, un
diente de nerval, el árbol de la buganivilla,
un peto ritual fi lipino y, digamos, el feto
de unos siameses. La forma en la que lle-
garon los objetos a los anaqueles fue muy
variada. Hoy, quizá con demasiada premu-
ra, decimos que son parte insoslayable del
patrimonio nacional, aun cuando se trate
de colecciones completas adquiridas en el
extranjero, como ocurrió con el madrile-
ño Gabinete de Historia Natural19. Esto
pasa también, por poner el ejemplo más
evidente, con los libros, objetos asociados
al patrimonio nacional y que pueden ha-
ber sido escritos por extranjeros enemigos
declarados del país que alberga el museo
o la biblioteca. Los museos, sin embargo,
añaden al mundo algo que no poseen los
libros, y es su carácter doblemente fron-
terizo20: primero, ya lo dijimos, porque
los objetos valen y cuestan, y, segundo,
porque todos están traficando entre lo
simbólico y lo ontológico, todos quieren
ser una representación fi dedigna de algo, y
todos, además, aspiran a contener alguna
esencia que los convierta en piezas únicas.
Todos son un teorema y, a la par, un teso-
ro. Cada objeto ha sido satelizado por una
estructura conceptual estable y ordenada,
mientras que en paralelo (y debido a su
singularidad y al mercado) hace que apa-
rezcan relaciones imprevisibles y aleatorias
con los otros objetos a los que se conecta.
Así que un museo es mucho más que la
suma de las cosas que contiene, pues tam-
bién hay que contar, como diría Bourdieu,
con los campos (artístico o científi co) que
lo sostienen y los mercados (de capital
simbólico o comercial) que favorece.
Abundan las interpretaciones que
quieren ver en esas instituciones hitos del
espíritu utilitarista, signos del ascenso im-
parable del capitalismo. Pero en seme-
jantes simplifi caciones nos perdemos los
matices, justo los detalles que marcan la
diferencia. Por ejemplo, hubo jardines en
lugares que no eran cabeza o apéndice de
imperio alguno, como también se abrie-
ron museos cuya utilidad era más que
discutible.
El megaterio que Juan Bautista Bru
instalara en el Real Gabinete de Historia
Natural es un hito de la paleontología
española ilustrada21. Y, claro, en este caso
tenemos que olvidarnos de las interpre-
taciones más tradicionales y buscar otra
forma de dar sentido a estas exhibicio-
nes del talento. Los huesos encontrados
en el yacimiento fueron ensamblados
y levantados del suelo para mostrar un
cuadrúpedo gigantesco. Fue un error que
luego aclararía Cuvier cuando probó que
pertenecían a un perezoso ya extinto.
Pero no es de los fallos de datación o atri-
bución de lo que queremos hablar (si así
fuera, gran parte de lo que contienen los
museos sería severamente cuestionado),
sino de un objeto que estaba allí para
probar que era muy pequeña la cantidad
19 Cf. Agustín J. Barreiro, El Museo de Ciencias
Naturales (1771-1935), Doce Calles, Madrid 1992.
También María de los Ángeles Calatayud, Pedro Franco
Dávila y el Real Gabinete de Historia Natural, CSIC,
Madrid 1988.
20 El concepto de boundary objects fue introducido
por S. Star (1989) para identifi car herramientas intelec-
tuales compartidas (y usadas de forma distinta o peculiar)
por varias comunidades de practicantes (communities of
practice). Vid.: Susan L. Star & J. Griesemer, Institutional
ecology, ‘‘translations’’ and boundary objects: amateurs
and professionals in Berkeley’s museum of vertebrate zoo-
logy, Social Studies of Science, 19: 387-420, 1989. S. L.
Star, ! e Structure of Ill-Structured Solutions: Boundary
Objects and Heterogeneous Distributed Problem Solving, in
L. Gasser & M. Huhns (ed). Distributed Artifi cial Intelli-
gence, Morgan Kaufmann, San Mateo, 1989. Gieryn ha
ampliado el concepto para que puedan alcanzar la con-
dición de boundary las cosas, los procesos, las gentes o
las ideas, siempre que sean capaces de hacer porosos los
límites que separan los diferentes órdenes sociales. ver T.F.
Gieryn, Boundaries of science, in S. Jasanoff , G.E. Mar-
kle, J.C. Peterson, & T. Pinch (eds.), Handbook of science
and technology studies, Sage Publications, págs. 393-443.
$ ousand Oaks, CA 1995.
pasaba a encargarse del cuidado de las antigüedades, lo
que suponía el inicio de la legislación arqueológica en
España, aunque este temprano desarrollo se vio inte-
rrumpido a consecuencia de la Invasión Francesa y los
azarosos comienzo del siglo . Algo parecido sucedió
en el campo de la historia natural. En 1776, año de la
apertura al público del Gabinete de Historia Natural,
el Rey proclamó una instrucción sobre las actitud que
debían las autoridades informar al Gabinete respecto a
las riquezas naturales que pudiesen encontrarse en todos
sus reinos.
21 Con el descubrimiento en 1787 por el fraile
de origen argentino Manuel de Torres, en las inme-
diaciones de la villa de Luján, cerca de Buenos Aires,
de la osamenta de un gigantesco animal desconocido,
comenzaba uno de los capítulos más interesantes de la
historia de la paleontología. Los huesos, embalados en
siete grandes cajones, fueron remitidos al Real Gabinete
de Historia Natural de Madrid, donde el disecador Juan
Bautista Bru procedió a ensamblarlos, tarea que conclu-
yó en 1793. Francisco Pelayo, Del diluvio al megaterio.
Los orígenes de la paleontología en España, Cuadernos
Galileo de Historia de la Ciencia, Madrid 1996; José
María López Piñero, y $ omas F. Glick, El megaterio de
Bru y el presidente Jeff erson. Una relación insospechada en
los albores de la Paleontología, Cuadernos Valencianos de
Historia de la Medicina y de la Ciencia, XLII, Valencia
1993.
29Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
Y es que, en efecto, interesa todo. De-
cir, sin embargo, que algo adquiere la con-
dición de bien patrimonial implica que el
objeto es sometido a varios regímenes dis-
ciplinarios. El primero trata de informarlo
según las tecnologías accesibles, ya sea
para defi nir su composición o datación, ya
sea para reducirlo a un plano o fi jar sus di-
mensiones. La química, la cronología y la
planimetría, entre otros saberes, funcionan
como ciencias auxiliares, y sus dictámenes
son importantes para todo lo que tenga
que ver con la preservación de la pieza. Ya
lo dijimos: un objeto sólo está bien infor-
mado cuando se publicita el valor de los
parámetros que defi nen sus características,
así como los procedimientos empleados
para medirlos. Otorgar a un objeto valor
patrimonial equivale a determinarlo cien-
tífi ca y jurídicamente. Hablamos enton-
ces de un patrimonio que sólo puede ser
construido mediante el concurso intensivo
de nuestras tecnologías y, en consecuencia,
que sólo puede ser defendido (preservado)
si mantenemos aquellos parámetros que
defi nían su valor dentro de márgenes de
oscilación razonables.
El segundo régimen disciplinario que
mencionábamos es el mercado. Al prote-
ger algo contra el intercambio comercial,
se favorece la emergencia de un tráfi co,
público y privado, de objetos parecidos o
de simples copias. En este punto los mu-
seos desempeñan una función decisiva,
pues, igual que los hechos adquieren vero-
similitud al ser experimentales, los objetos
centuplican su valor al entrar en un mu-
seo. El laboratorio y el museo funcionan
entonces como lanzaderas que impulsan
la movilidad en dos redes distintas y com-
plementarias: la de objetos científi cos y la
de objetos patrimoniales, la de la ciencia y
la del patrimonio. Y al igual que durante
el siglo no podría sobrevivir la bo-
tánica sin los boticarios, los jardineros y
los dibujantes, lo mismo le ocurre a los
arqueólogos sin el enjambre de trafi cantes,
coleccionistas y tasadores. No es fácil dis-
tinguir a un investigador de un tasador y,
miremos donde miremos, siempre encon-
traremos varias tropillas de peritos, doctos,
entendidos y enterados, compartiendo el
objeto y contribuyendo a su agitación y
permuta.
Y así quedaron los museos confi gura-
dos como instituciones que preservaban,
espacial y técnicamente, entre paredes y
disciplinas, todo cuanto tenía valor, estaba
amenazado y cupiese dentro. En general,
se apreciaba la originalidad y se premiaba
la excepcionalidad, ya fuese por la peri-
cia, ya fuera por la rareza; pero lo cierto
es que la mayoría de los museos que se
inauguraron acumulaban reproducciones,
maquetas, especímenes o modelos, es de-
cir, objetos reemplazables. No se trataba
entonces de piezas únicas, y su mérito
principal era ser parte de una colección,
sustentar la ilusión de que el mundo (o al
menos algún fragmento signifi cativo) era
abarcable. Así, en todas las cortes había un
lugar donde guardar una buena pirita, un
diente de nerval, el árbol de la buganivilla,
un peto ritual fi lipino y, digamos, el feto
de unos siameses. La forma en la que lle-
garon los objetos a los anaqueles fue muy
variada. Hoy, quizá con demasiada premu-
ra, decimos que son parte insoslayable del
patrimonio nacional, aun cuando se trate
de colecciones completas adquiridas en el
extranjero, como ocurrió con el madrile-
ño Gabinete de Historia Natural19. Esto
pasa también, por poner el ejemplo más
evidente, con los libros, objetos asociados
al patrimonio nacional y que pueden ha-
ber sido escritos por extranjeros enemigos
declarados del país que alberga el museo
o la biblioteca. Los museos, sin embargo,
añaden al mundo algo que no poseen los
libros, y es su carácter doblemente fron-
terizo20: primero, ya lo dijimos, porque
los objetos valen y cuestan, y, segundo,
porque todos están traficando entre lo
simbólico y lo ontológico, todos quieren
ser una representación fi dedigna de algo, y
todos, además, aspiran a contener alguna
esencia que los convierta en piezas únicas.
Todos son un teorema y, a la par, un teso-
ro. Cada objeto ha sido satelizado por una
estructura conceptual estable y ordenada,
mientras que en paralelo (y debido a su
singularidad y al mercado) hace que apa-
rezcan relaciones imprevisibles y aleatorias
con los otros objetos a los que se conecta.
Así que un museo es mucho más que la
suma de las cosas que contiene, pues tam-
bién hay que contar, como diría Bourdieu,
con los campos (artístico o científi co) que
lo sostienen y los mercados (de capital
simbólico o comercial) que favorece.
Abundan las interpretaciones que
quieren ver en esas instituciones hitos del
espíritu utilitarista, signos del ascenso im-
parable del capitalismo. Pero en seme-
jantes simplifi caciones nos perdemos los
matices, justo los detalles que marcan la
diferencia. Por ejemplo, hubo jardines en
lugares que no eran cabeza o apéndice de
imperio alguno, como también se abrie-
ron museos cuya utilidad era más que
discutible.
El megaterio que Juan Bautista Bru
instalara en el Real Gabinete de Historia
Natural es un hito de la paleontología
española ilustrada21. Y, claro, en este caso
tenemos que olvidarnos de las interpre-
taciones más tradicionales y buscar otra
forma de dar sentido a estas exhibicio-
nes del talento. Los huesos encontrados
en el yacimiento fueron ensamblados
y levantados del suelo para mostrar un
cuadrúpedo gigantesco. Fue un error que
luego aclararía Cuvier cuando probó que
pertenecían a un perezoso ya extinto.
Pero no es de los fallos de datación o atri-
bución de lo que queremos hablar (si así
fuera, gran parte de lo que contienen los
museos sería severamente cuestionado),
sino de un objeto que estaba allí para
probar que era muy pequeña la cantidad
19 Cf. Agustín J. Barreiro, El Museo de Ciencias
Naturales (1771-1935), Doce Calles, Madrid 1992.
También María de los Ángeles Calatayud, Pedro Franco
Dávila y el Real Gabinete de Historia Natural, CSIC,
Madrid 1988.
20 El concepto de boundary objects fue introducido
por S. Star (1989) para identifi car herramientas intelec-
tuales compartidas (y usadas de forma distinta o peculiar)
por varias comunidades de practicantes (communities of
practice). Vid.: Susan L. Star & J. Griesemer, Institutional
ecology, ‘‘translations’’ and boundary objects: amateurs
and professionals in Berkeley’s museum of vertebrate zoo-
logy, Social Studies of Science, 19: 387-420, 1989. S. L.
Star, ! e Structure of Ill-Structured Solutions: Boundary
Objects and Heterogeneous Distributed Problem Solving, in
L. Gasser & M. Huhns (ed). Distributed Artifi cial Intelli-
gence, Morgan Kaufmann, San Mateo, 1989. Gieryn ha
ampliado el concepto para que puedan alcanzar la con-
dición de boundary las cosas, los procesos, las gentes o
las ideas, siempre que sean capaces de hacer porosos los
límites que separan los diferentes órdenes sociales. ver T.F.
Gieryn, Boundaries of science, in S. Jasanoff , G.E. Mar-
kle, J.C. Peterson, & T. Pinch (eds.), Handbook of science
and technology studies, Sage Publications, págs. 393-443.
$ ousand Oaks, CA 1995.
pasaba a encargarse del cuidado de las antigüedades, lo
que suponía el inicio de la legislación arqueológica en
España, aunque este temprano desarrollo se vio inte-
rrumpido a consecuencia de la Invasión Francesa y los
azarosos comienzo del siglo . Algo parecido sucedió
en el campo de la historia natural. En 1776, año de la
apertura al público del Gabinete de Historia Natural,
el Rey proclamó una instrucción sobre las actitud que
debían las autoridades informar al Gabinete respecto a
las riquezas naturales que pudiesen encontrarse en todos
sus reinos.
21 Con el descubrimiento en 1787 por el fraile
de origen argentino Manuel de Torres, en las inme-
diaciones de la villa de Luján, cerca de Buenos Aires,
de la osamenta de un gigantesco animal desconocido,
comenzaba uno de los capítulos más interesantes de la
historia de la paleontología. Los huesos, embalados en
siete grandes cajones, fueron remitidos al Real Gabinete
de Historia Natural de Madrid, donde el disecador Juan
Bautista Bru procedió a ensamblarlos, tarea que conclu-
yó en 1793. Francisco Pelayo, Del diluvio al megaterio.
Los orígenes de la paleontología en España, Cuadernos
Galileo de Historia de la Ciencia, Madrid 1996; José
María López Piñero, y $ omas F. Glick, El megaterio de
Bru y el presidente Jeff erson. Una relación insospechada en
los albores de la Paleontología, Cuadernos Valencianos de
Historia de la Medicina y de la Ciencia, XLII, Valencia
1993.
Page 7
EL MUSEO COMO CASA DE LOS COMUNES
30 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
de formas zoológicas que sustentaban la
inmensidad de especies existentes. Her-
bívoro o perezoso, prehistórico o actual,
americano o europeo, las recurrencias
que encontraron los ilustrados eran tan
fascinantes como las diferencias que bus-
caban los barrocos, pues cualquiera que
fuese el orden que impusiéramos a los
huesos, siempre tendríamos una cabeza,
dos ojos o cinco dedos. No es que el me-
gaterio fuese una pieza rara, que lo era;
lo importante es que nos enseñaba que el
mundo tenía sentido o, más precisamen-
te, que tenía un nuevo sentido. Y, por
eso, el megaterio era una pieza errónea e
inútil, y, sin embargo, impar.
Vengamos con otro extraño ejem-
plo: las ceras anatómicas desmontables
e hiperrealistas que se pusieron de moda
en la Europa de las últimas décadas del
siglo 22. Y entre ellas ningunas más
impactantes que las de obstetricia, por-
que, debido a la profusión de detalles y
tonalidades, resultan más vehementes que
concienzudas23. Cierto, lo que de tétrico
hay en aquellas ceroplastias contribuye
a sustituir el estupor ante el cuerpo qui-
rúrgico por el pánico al cuerpo espectral.
La carne sonrosada se torna en cerumen
macilento y, desde entonces, el cuerpo
deseado se transforma en cuerpo político.
El ciclo completo de todas las movili-
zaciones lleva la carne desde la mesa de
operaciones a la galería de estudio, trans-
formando el pudor ante aquellas vísceras
y oquedades en un frenesí experimental y
colectivo. Y así el cuerpo de la mujer deja
de ser un asunto privado, entre parteras
y comadronas, para convertirse en una
preo cupación pública, un asunto para
cirujanos y tocólogos24. La exhibición
publica de cuerpo de la mujer no es asun-
to menor, porque el tránsito que va desde
la alcoba a la galería es el mismo que lo
lleva desde la cama al tribunal. Al hacer-
se público, el cuerpo se convierte en un
asunto político25, algo demasiado impor-
tante para dejarlo en manos de la Iglesia.
Los científicos parecen ser sus nuevos
destinatarios, sustituyendo los óleos de
la virgen por las ceras anatómicas y los
templos por los gabinetes o museos. El
cuerpo de la mujer cambia tanto como las
técnicas para representarlo y los espacios
para mostrarlo. Y, al igual que las tie-
rras de labor, se transforma en un nuevo
campo de experimentación sobre el que
se legisla. En la mujer, sin embargo, hay
mucho más que anatomía. Su energía
procreadora tiene que alcanzar la condi-
ción de bien comunal. Para los ilustrados
no había alternativa: si la maternidad no
podía seguir siendo una posibilidad26,
sino una obligación, su cuerpo tenía que
ser un asunto de la incumbencia pública,
un territorio que debía ser normalizado
técnica y jurídicamente27.
Recapitulemos. Hemos hablado de las
antigüedades, los jardines, los yacimientos
de huesos y de la reproducción de las es-
pecies. Objetos desvelados por las nuevas
ciencias de la Ilustración y que estaban
conformando nuevos espacios de sociabi-
lidad. Pero lo importante, aquí, es rescatar
la conciencia entonces emergente de que
algo como la dignidad nacional o los atri-
butos de una especie extinta debieran ser
un bien común preservado de cualquier
amenaza. ¿De qué peligros hablamos? Pri-
mero, el olvido, y, después, el abuso.
Detengámonos un momento en la
forma que adoptan estas realidades ame-
nazadas, es decir, la memoria compartida,
la diversidad biológica y la vida humana.
Hablamos de realidades porque, en efec-
to, han surgido a la conciencia colectiva
cuando fueron desancladas o, en otros
términos, al ser cuantifi cadas, tabuladas,
registradas; es decir, desde que inserta-
mos como agentes mediadores nuestras
tecnologías y sus protocolos de uso e ins-
cripción. Y, puesto que hemos hablado
de peligros o decadencia, tuvimos que
hablar de amenaza, un término que nece-
sariamente pone en circulación toda una
constelación de nuevos actores, desde los
expertos evaluadores a los ofi ciales, delega-
dos y burócratas ocupados en la vigilancia,
matrícula y preservación, por no hablar de
la parafernalia que forman los archivos, los
anaqueles, los concursos, las comisiones,
los contratos, los tributos, las tasaciones o
los catálogos. En pocas palabras: los ilus-
trados descubrieron a la par el papel de las
tecnologías en la formación de consensos
y la necesidad de convertir fragmentos de
realidad en bien común. Y para garantizar
la continuidad de los comunes y de los
consensos, la fórmula más decente que en-
contraron fue ensanchar lo público hasta
apropiarse de lo común; y de ahí surgió
un colectivo de expertos cuya misión era
entretejer con los hilos de las nuevas tec-
nologías y de los nuevos comunales las
formas modernas de la sociabilidad.
La casa de los comunes:
nación versus procomún
Sobre el bien común nació un patrimonio
público, forjado en abundantes compro-
misos que entrelazaban viejos anhelos de
justicia y nuevos ideales de rigor. Pero no
todo bien amenazado se salva al conver-
tirlo en patrimonio. Si alguien dijera hoy
que el aire que respiramos debiera ser un
commons tendría que diseñar de inmediato
una trama de laboratorios, protocolos y
normativas que defi nieran lo que es el aire
sano, así como criterios para mejorarlo
y protegerlo. ¿Sería el Estado el gestor
principal de estos protocolos? Defi nir algo
como un bien común, ¿convierte la cosa
en algo necesariamente público? En la
modernidad, desde la Ilustración, la res-
puesta es taxativa: sí, y sólo sí. Sin paliati-
vos. Hoy, sin embargo, podemos admitir
que la identifi cación entre lo comunal y
24 Los conocimientos relativos al parto estuvieron,
durante años, depositados en manos de las comadronas.
Los médicos de la Europa del dieciocho, alegando que
los índices de mortalidad en el parto eran consecuencia
de la ignorancia de las parteras, hicieron un esfuerzo por
asimilar estos conocimientos a una especialidad médica.
25 Ver, Ludmidlla J. Jordanova, Gender, generation
and science, en W. F. Bynum & Rpy Porter, eds., William
Hunter and the eighteenth-century medical world, Cam-
bridge University Press, Cambridge 1985; También, L. J.
Jordanova, Sexual Visions: Images of Gender in Science and
Medicine between the Eighteenth and Twentieth Centuries,
Harvester Wheatsheaf, New York 1989.
26 En su minucioso estudio sobre el conocimiento
de técnicas abortivas y contraceptivas desde la Antigüe-
dad al Renacimiento, John Riddle nos muestra cómo no
siempre se consideró que la reproducción fuera el destino
de la mujer. Muchas fueron las que buscaron la esterili-
dad u otros medios para evitar la maternidad. John M.
Riddle, ‘‘Contraception and Abortion from the Ancient
World to the Renaissance’’. Harvard University Press, Lon-
don/Cambridge 1992.
27 En la mentalidad de la época, el asunto no ad-
mitía duda. El orden de la naturaleza, desde el parto a la
cría, no debía de ser alterado, pues “luego que se elude y
altera el orden de la naturaleza, se altera y corrompe el
moral”, de modo que una mujer virtuosa será consciente
del “primitivo fi n” al que está destinada, de modo que
eludirá cualquier tentación o razonamiento para eximirla
de “la función propia y obligatoria de la maternidad”. Las
expresiones entrecomilladas proceden de la novela Euse-
bio, de Pedro de Montengón.
22 Entre las muchas iniciativas que surgieron, hay
que mencionar el Museo de Anatomía que se instaló en
el Real Colegio de Cirugía de San Carlos, creado por
Real Cédula en 1787 por Carlos III.
23 El cuerpo despertaba un interés general. Había
un público asiduo a las disecciones de cadáveres de
los Reales hospitales, como lo demuestra la creciente
afl uencia de público a las disecciones anatómicas entre
1795 (año en que Lacaba cambia los horarios de la ma-
ñana a la tarde para que los afi cionados puedan asistir)
y 1806 (en que el anatomista Rodríguez del Pino se
queja de que más de 200 personas se agolpan, de modo
insano, en un espacio tan reducido). Cf., M. E. Burke,
The Royal College of San Carlos. Surgery and Spanish
Medical Reform in the Late Eighteenth Century. Duke
University Press, pág. 93, Durham 1977. Los muertos,
a su vez, eran objeto y razón de un continuo trasiego:
unas veces eran los artistas los que solicitaban una di-
sección en el Hospital General, otras eran los cadáveres
los que viajaban a la Real Academia de Bellas Artes
San Fernando (Cf., Juan M. Núñez Olarte, El Hospital
General de Madrid en el siglo XVIII. CSIC, págs. 252-
253, Madrid 1999. La medicina ofrecía, además, otros
entretenimientos: el Colegio de Cirugía de San Carlos,
por ejemplo, exhibía al público su colección de modelos
anatómicos de cera.
30 CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA ??Nº157
de formas zoológicas que sustentaban la
inmensidad de especies existentes. Her-
bívoro o perezoso, prehistórico o actual,
americano o europeo, las recurrencias
que encontraron los ilustrados eran tan
fascinantes como las diferencias que bus-
caban los barrocos, pues cualquiera que
fuese el orden que impusiéramos a los
huesos, siempre tendríamos una cabeza,
dos ojos o cinco dedos. No es que el me-
gaterio fuese una pieza rara, que lo era;
lo importante es que nos enseñaba que el
mundo tenía sentido o, más precisamen-
te, que tenía un nuevo sentido. Y, por
eso, el megaterio era una pieza errónea e
inútil, y, sin embargo, impar.
Vengamos con otro extraño ejem-
plo: las ceras anatómicas desmontables
e hiperrealistas que se pusieron de moda
en la Europa de las últimas décadas del
siglo 22. Y entre ellas ningunas más
impactantes que las de obstetricia, por-
que, debido a la profusión de detalles y
tonalidades, resultan más vehementes que
concienzudas23. Cierto, lo que de tétrico
hay en aquellas ceroplastias contribuye
a sustituir el estupor ante el cuerpo qui-
rúrgico por el pánico al cuerpo espectral.
La carne sonrosada se torna en cerumen
macilento y, desde entonces, el cuerpo
deseado se transforma en cuerpo político.
El ciclo completo de todas las movili-
zaciones lleva la carne desde la mesa de
operaciones a la galería de estudio, trans-
formando el pudor ante aquellas vísceras
y oquedades en un frenesí experimental y
colectivo. Y así el cuerpo de la mujer deja
de ser un asunto privado, entre parteras
y comadronas, para convertirse en una
preo cupación pública, un asunto para
cirujanos y tocólogos24. La exhibición
publica de cuerpo de la mujer no es asun-
to menor, porque el tránsito que va desde
la alcoba a la galería es el mismo que lo
lleva desde la cama al tribunal. Al hacer-
se público, el cuerpo se convierte en un
asunto político25, algo demasiado impor-
tante para dejarlo en manos de la Iglesia.
Los científicos parecen ser sus nuevos
destinatarios, sustituyendo los óleos de
la virgen por las ceras anatómicas y los
templos por los gabinetes o museos. El
cuerpo de la mujer cambia tanto como las
técnicas para representarlo y los espacios
para mostrarlo. Y, al igual que las tie-
rras de labor, se transforma en un nuevo
campo de experimentación sobre el que
se legisla. En la mujer, sin embargo, hay
mucho más que anatomía. Su energía
procreadora tiene que alcanzar la condi-
ción de bien comunal. Para los ilustrados
no había alternativa: si la maternidad no
podía seguir siendo una posibilidad26,
sino una obligación, su cuerpo tenía que
ser un asunto de la incumbencia pública,
un territorio que debía ser normalizado
técnica y jurídicamente27.
Recapitulemos. Hemos hablado de las
antigüedades, los jardines, los yacimientos
de huesos y de la reproducción de las es-
pecies. Objetos desvelados por las nuevas
ciencias de la Ilustración y que estaban
conformando nuevos espacios de sociabi-
lidad. Pero lo importante, aquí, es rescatar
la conciencia entonces emergente de que
algo como la dignidad nacional o los atri-
butos de una especie extinta debieran ser
un bien común preservado de cualquier
amenaza. ¿De qué peligros hablamos? Pri-
mero, el olvido, y, después, el abuso.
Detengámonos un momento en la
forma que adoptan estas realidades ame-
nazadas, es decir, la memoria compartida,
la diversidad biológica y la vida humana.
Hablamos de realidades porque, en efec-
to, han surgido a la conciencia colectiva
cuando fueron desancladas o, en otros
términos, al ser cuantifi cadas, tabuladas,
registradas; es decir, desde que inserta-
mos como agentes mediadores nuestras
tecnologías y sus protocolos de uso e ins-
cripción. Y, puesto que hemos hablado
de peligros o decadencia, tuvimos que
hablar de amenaza, un término que nece-
sariamente pone en circulación toda una
constelación de nuevos actores, desde los
expertos evaluadores a los ofi ciales, delega-
dos y burócratas ocupados en la vigilancia,
matrícula y preservación, por no hablar de
la parafernalia que forman los archivos, los
anaqueles, los concursos, las comisiones,
los contratos, los tributos, las tasaciones o
los catálogos. En pocas palabras: los ilus-
trados descubrieron a la par el papel de las
tecnologías en la formación de consensos
y la necesidad de convertir fragmentos de
realidad en bien común. Y para garantizar
la continuidad de los comunes y de los
consensos, la fórmula más decente que en-
contraron fue ensanchar lo público hasta
apropiarse de lo común; y de ahí surgió
un colectivo de expertos cuya misión era
entretejer con los hilos de las nuevas tec-
nologías y de los nuevos comunales las
formas modernas de la sociabilidad.
La casa de los comunes:
nación versus procomún
Sobre el bien común nació un patrimonio
público, forjado en abundantes compro-
misos que entrelazaban viejos anhelos de
justicia y nuevos ideales de rigor. Pero no
todo bien amenazado se salva al conver-
tirlo en patrimonio. Si alguien dijera hoy
que el aire que respiramos debiera ser un
commons tendría que diseñar de inmediato
una trama de laboratorios, protocolos y
normativas que defi nieran lo que es el aire
sano, así como criterios para mejorarlo
y protegerlo. ¿Sería el Estado el gestor
principal de estos protocolos? Defi nir algo
como un bien común, ¿convierte la cosa
en algo necesariamente público? En la
modernidad, desde la Ilustración, la res-
puesta es taxativa: sí, y sólo sí. Sin paliati-
vos. Hoy, sin embargo, podemos admitir
que la identifi cación entre lo comunal y
24 Los conocimientos relativos al parto estuvieron,
durante años, depositados en manos de las comadronas.
Los médicos de la Europa del dieciocho, alegando que
los índices de mortalidad en el parto eran consecuencia
de la ignorancia de las parteras, hicieron un esfuerzo por
asimilar estos conocimientos a una especialidad médica.
25 Ver, Ludmidlla J. Jordanova, Gender, generation
and science, en W. F. Bynum & Rpy Porter, eds., William
Hunter and the eighteenth-century medical world, Cam-
bridge University Press, Cambridge 1985; También, L. J.
Jordanova, Sexual Visions: Images of Gender in Science and
Medicine between the Eighteenth and Twentieth Centuries,
Harvester Wheatsheaf, New York 1989.
26 En su minucioso estudio sobre el conocimiento
de técnicas abortivas y contraceptivas desde la Antigüe-
dad al Renacimiento, John Riddle nos muestra cómo no
siempre se consideró que la reproducción fuera el destino
de la mujer. Muchas fueron las que buscaron la esterili-
dad u otros medios para evitar la maternidad. John M.
Riddle, ‘‘Contraception and Abortion from the Ancient
World to the Renaissance’’. Harvard University Press, Lon-
don/Cambridge 1992.
27 En la mentalidad de la época, el asunto no ad-
mitía duda. El orden de la naturaleza, desde el parto a la
cría, no debía de ser alterado, pues “luego que se elude y
altera el orden de la naturaleza, se altera y corrompe el
moral”, de modo que una mujer virtuosa será consciente
del “primitivo fi n” al que está destinada, de modo que
eludirá cualquier tentación o razonamiento para eximirla
de “la función propia y obligatoria de la maternidad”. Las
expresiones entrecomilladas proceden de la novela Euse-
bio, de Pedro de Montengón.
22 Entre las muchas iniciativas que surgieron, hay
que mencionar el Museo de Anatomía que se instaló en
el Real Colegio de Cirugía de San Carlos, creado por
Real Cédula en 1787 por Carlos III.
23 El cuerpo despertaba un interés general. Había
un público asiduo a las disecciones de cadáveres de
los Reales hospitales, como lo demuestra la creciente
afl uencia de público a las disecciones anatómicas entre
1795 (año en que Lacaba cambia los horarios de la ma-
ñana a la tarde para que los afi cionados puedan asistir)
y 1806 (en que el anatomista Rodríguez del Pino se
queja de que más de 200 personas se agolpan, de modo
insano, en un espacio tan reducido). Cf., M. E. Burke,
The Royal College of San Carlos. Surgery and Spanish
Medical Reform in the Late Eighteenth Century. Duke
University Press, pág. 93, Durham 1977. Los muertos,
a su vez, eran objeto y razón de un continuo trasiego:
unas veces eran los artistas los que solicitaban una di-
sección en el Hospital General, otras eran los cadáveres
los que viajaban a la Real Academia de Bellas Artes
San Fernando (Cf., Juan M. Núñez Olarte, El Hospital
General de Madrid en el siglo XVIII. CSIC, págs. 252-
253, Madrid 1999. La medicina ofrecía, además, otros
entretenimientos: el Colegio de Cirugía de San Carlos,
por ejemplo, exhibía al público su colección de modelos
anatómicos de cera.
Page 8
ANTONIO LAFUENTE
31Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
lo público, tiene fecha de nacimiento y tal
vez de caducidad. Nació porque la gestión
del común, tal como se descubrió en el si-
glo , era una empresa profundamente
tecnológica, y sólo el Estado podía absor-
ber los costes y disolver sus controversias.
El Estado entonces montó sobre su
hegemonía tecnológica la autopista que
comunica lo comunal con lo público y
creó para disfrute de todos inmensos pa-
trimonios. Ahora vemos que el conoci-
miento cada día se aleja más de la noción
de commons y que, más aún, cada día se
privatizan de forma inaceptable segmentos
del saber, como el conocimiento tradicio-
nal, el software y el genoma. Y digámoslo
en pocas palabras: todo lo que se patrimo-
nializa puede cambiar de manos, incluidas
las públicas. Para evitarlo, se hace urgente
defi nir nuevos commons, cuyo manteni-
miento se base en la economía del don28,
pues hoy la ciudadanía dispone, por pri-
mera vez en la historia, del acceso a las
tecnologías (vía Linux e Internet) y a los
recursos (vía las ONG y muchos organis-
mos internacionales) que nos permitirían
sostener una cesta de comunales que fue-
ran de todos y de nadie.
En el tránsito desde lo procomún a
lo público, los bienes de los que hemos
estado hablando experimentaron una do-
ble transformación. Los objetos que los
representaban fueron, de una parte, sepa-
rados de las tecnologías con los que fueron
producidos. La consecuencia fue inmedia-
ta: de ser piezas que ayudaban a visualizar
los recursos comunales, se convirtieron en
reliquias de una cultura superior29. El se-
gundo movimiento recondujo a todos esos
objetos hacia los debates sobre la identi-
dad patria, quedando entonces atrapados
en las redes de la memoria y sus expertos.
Poco a poco nuestros museos han perdido
contacto con la pulsión que los originó
como repositorios del bien común. Se
han hecho entonces quizá merecedores
de los muchos reproches que les dirigiera
Foucault, al tratarlos como instituciones
disciplinarias, al igual que la cárcel, el asilo
y el manicomio. Poner las viejas coleccio-
nes de objetos nobiliarios al alcance de to-
dos creaba un tensión prácticamente indi-
soluble, pues la gentes sólo alcanzarían la
condición de ciudadano cuando supieran
apreciar los dones que ahora se les mostra-
ban. Tal deriva otorgaba al Estado mucha
capacidad de maniobra para crear y ges-
tionar un sistema educativo; los visitantes,
entre tanto, aparentaban ser entendidos
imitando a las clases dirigentes, copiando
embobados gestos de respetuoso silencio:
justo lo contrario de lo que era habitual en
la taberna o en la asamblea, donde todo el
mundo se considera con derecho a tener
estilo propio y opinar30. Y así ha venido
sucediendo hasta la irrupción de las ma-
sas. Su función disciplinaria se ha diluido,
y los museos parecen desde entonces estar
atenazados por una crisis duradera. En
efecto, hay distintas maneras de contar
esta historia; y muchos coincidirán en que
no fue secundaria la conciencia de que sus
muchos costes abrieron el debate sobre
cómo mantenerlos y cómo atraer nuevos
visitantes31.
Hay que hacer un gran esfuerzo para
no ver en los museos complejas salas de
trofeos que reservan sus mejores espacios
para los objetos más taquilleros. Y aun
cuando no se discuta el valor simbólico
de cada una de las piezas, todos sabemos
que el conjunto funciona como una pasa-
rela de vanidades. Ahí están, y es muy di-
fícil que puedan enmendar la deriva que
les convirtió en cebo del negocio turísti-
co. ¿Pueden ya hacer algo que no sea des-
de el principio una actividad de promo-
ción industrial? ¿Queda todavía un espa-
cio para una cultura que no sea de gran-
des pintores, grandes orquestas y grandes
arquitectos? ¿Hay alguien que quiera
pensar cómo logramos convertir una piri-
ta, un dragó, un fémur, el dodó o un
peto en patrimonio? Todos los días nos
enteramos de que algún organismo pú-
blico ha declarado un paisaje –el teorema
de Fermat–, una lengua amenazada, el
aire que respiramos o los fondos abisales
como un bien común. Muchas gentes
por todo el mundo se están movilizando
para arrancar de sus gobiernos compro-
misos que preserven de las leyes del mer-
cado el software, el genoma o Internet32.
Y que al igual que no son de nadie y
pueden ser utilizadas por todos las ecua-
ciones diferenciales, los principios de cla-
sifi cación botánica, las calles de nuestras
ciudades, también se abra hueco para al-
gunas iniciativas que querrían propiciar
el ensanchamiento de la noción de bien
común33. ¿Qué sucedería si los herederos
de Einstein reclamaran derechos sobre la
archiconocida E=mc2?
No ignoramos que se trata de asuntos
de extrema complejidad en los que se re-
quiere el concurso de muchos actores.
No obstante, vivimos momentos decisi-
vos para la redefi nición de lo que hemos
venido llamando contrato social, que
debe redefi nirse no sólo en la dirección
del multiculturalismo, sino en la más no-
vedosa del multinaturalismo. Y, desde
luego, hablar de bien común, de los com-
mons, que dicen los británicos, y que en
castellano estamos traduciendo por pro-
común, implica abrir hasta extremos ini-
maginables la noción de patrimonio. Ne-
cesitamos un nuevo tipo de museo que
sea la casa de los comunes; es decir, que
socialice y ponga en valor lo que a todos
pertenece, sin escindirlo de las tecnolo-
gías con las que lo hemos producido y
podemos visualizarlo. ?
Antonio Lafuente es investigador científi co en el
Instituto de Historia, CISC.
28 A veces, la economía del don, tal como la con-
ceptualizó Marcel Mauss en 1923, funciona mejor que
la del mercado. En efecto, comparando con abundantes
series estadísticas la gestión de los bancos de sangre en
Inglaterra, donde se obtenía por donación, y en USA,
donde era compraba a los particulares que la vendían,
Titmuss demostró que el sistema comercial proporcio-
naba una sangre menos segura y de menor pureza que la
obtenida mediante el régimen de voluntariado. Richard
Titmuss (1970), ! e gift relationship: From blood to social
policy, Allen and Unwin, London.
29 Sobre si los museos deben ser de objetos o de
ideas, y sobre el papel que debemos asignarles en nuestra
sociedad, ver Andrea Witcomb, On the Side of the Object:
an Alternative Approach to Debates About Ideas, Objects
and Museums, Museum Management and Curatorship,
16: 383-399, 1997
30 Tony Bennett, ! e political Rationality of the
Museum, Continuum: $ e Australian Journal of Media
& Culture, 3 (1), 1990, on-line en http://www.mcc.
murdoch.edu.au/readingRoom/3.1/Bennett.html. Tam-
bién, Sharon J. Macdonald, Museum, national, post-
national identities, Museum and Society, 1:1-16, 2003.
Tony Bennet, ! e Birth of the Museum. History, ! eory,
Politics, Routledge, Londres 1995.
31 P.J. Boylan, ! e Heritage Dimension in late 20th
Century Culture. Research Paper for the Council of Europe’s
Task Force on Culture and Development 1994-95, on-line
www.city.ac.uk/artspol/heritage/html.
32 John Clippinger & David Bollier, A Renaissance
of the Commons. How the New Sciences and Internet Are
Framing a New Global Identity and Order, on-line http://
www.jclippinger.com/renaissance.pdf. Ver también la
excelente página web de David Bollier, http:/www.
bollier.org
33 La noción de bien público natural no deja de en-
sancharse. Los fondos marinos fueron proclamados “pa-
trimonio común de la humanidad” el 10 de diciembre de
1982. De la misma manera la Luna y los cuerpos celestes
también adquirieron, por el Tratado del Espacio, esta
condición pues “sus recursos –dice el Tratado– constitu-
yen el patrimonio común de la humanidad”. Hay otros
objetos, como la capa de ozono, la capa freática o el clima,
que también se están convirtiendo a ritmo acelerado en
bienes perecederos. Hay otros bienes públicos creados por
31Nº 157™ CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
lo público, tiene fecha de nacimiento y tal
vez de caducidad. Nació porque la gestión
del común, tal como se descubrió en el si-
glo , era una empresa profundamente
tecnológica, y sólo el Estado podía absor-
ber los costes y disolver sus controversias.
El Estado entonces montó sobre su
hegemonía tecnológica la autopista que
comunica lo comunal con lo público y
creó para disfrute de todos inmensos pa-
trimonios. Ahora vemos que el conoci-
miento cada día se aleja más de la noción
de commons y que, más aún, cada día se
privatizan de forma inaceptable segmentos
del saber, como el conocimiento tradicio-
nal, el software y el genoma. Y digámoslo
en pocas palabras: todo lo que se patrimo-
nializa puede cambiar de manos, incluidas
las públicas. Para evitarlo, se hace urgente
defi nir nuevos commons, cuyo manteni-
miento se base en la economía del don28,
pues hoy la ciudadanía dispone, por pri-
mera vez en la historia, del acceso a las
tecnologías (vía Linux e Internet) y a los
recursos (vía las ONG y muchos organis-
mos internacionales) que nos permitirían
sostener una cesta de comunales que fue-
ran de todos y de nadie.
En el tránsito desde lo procomún a
lo público, los bienes de los que hemos
estado hablando experimentaron una do-
ble transformación. Los objetos que los
representaban fueron, de una parte, sepa-
rados de las tecnologías con los que fueron
producidos. La consecuencia fue inmedia-
ta: de ser piezas que ayudaban a visualizar
los recursos comunales, se convirtieron en
reliquias de una cultura superior29. El se-
gundo movimiento recondujo a todos esos
objetos hacia los debates sobre la identi-
dad patria, quedando entonces atrapados
en las redes de la memoria y sus expertos.
Poco a poco nuestros museos han perdido
contacto con la pulsión que los originó
como repositorios del bien común. Se
han hecho entonces quizá merecedores
de los muchos reproches que les dirigiera
Foucault, al tratarlos como instituciones
disciplinarias, al igual que la cárcel, el asilo
y el manicomio. Poner las viejas coleccio-
nes de objetos nobiliarios al alcance de to-
dos creaba un tensión prácticamente indi-
soluble, pues la gentes sólo alcanzarían la
condición de ciudadano cuando supieran
apreciar los dones que ahora se les mostra-
ban. Tal deriva otorgaba al Estado mucha
capacidad de maniobra para crear y ges-
tionar un sistema educativo; los visitantes,
entre tanto, aparentaban ser entendidos
imitando a las clases dirigentes, copiando
embobados gestos de respetuoso silencio:
justo lo contrario de lo que era habitual en
la taberna o en la asamblea, donde todo el
mundo se considera con derecho a tener
estilo propio y opinar30. Y así ha venido
sucediendo hasta la irrupción de las ma-
sas. Su función disciplinaria se ha diluido,
y los museos parecen desde entonces estar
atenazados por una crisis duradera. En
efecto, hay distintas maneras de contar
esta historia; y muchos coincidirán en que
no fue secundaria la conciencia de que sus
muchos costes abrieron el debate sobre
cómo mantenerlos y cómo atraer nuevos
visitantes31.
Hay que hacer un gran esfuerzo para
no ver en los museos complejas salas de
trofeos que reservan sus mejores espacios
para los objetos más taquilleros. Y aun
cuando no se discuta el valor simbólico
de cada una de las piezas, todos sabemos
que el conjunto funciona como una pasa-
rela de vanidades. Ahí están, y es muy di-
fícil que puedan enmendar la deriva que
les convirtió en cebo del negocio turísti-
co. ¿Pueden ya hacer algo que no sea des-
de el principio una actividad de promo-
ción industrial? ¿Queda todavía un espa-
cio para una cultura que no sea de gran-
des pintores, grandes orquestas y grandes
arquitectos? ¿Hay alguien que quiera
pensar cómo logramos convertir una piri-
ta, un dragó, un fémur, el dodó o un
peto en patrimonio? Todos los días nos
enteramos de que algún organismo pú-
blico ha declarado un paisaje –el teorema
de Fermat–, una lengua amenazada, el
aire que respiramos o los fondos abisales
como un bien común. Muchas gentes
por todo el mundo se están movilizando
para arrancar de sus gobiernos compro-
misos que preserven de las leyes del mer-
cado el software, el genoma o Internet32.
Y que al igual que no son de nadie y
pueden ser utilizadas por todos las ecua-
ciones diferenciales, los principios de cla-
sifi cación botánica, las calles de nuestras
ciudades, también se abra hueco para al-
gunas iniciativas que querrían propiciar
el ensanchamiento de la noción de bien
común33. ¿Qué sucedería si los herederos
de Einstein reclamaran derechos sobre la
archiconocida E=mc2?
No ignoramos que se trata de asuntos
de extrema complejidad en los que se re-
quiere el concurso de muchos actores.
No obstante, vivimos momentos decisi-
vos para la redefi nición de lo que hemos
venido llamando contrato social, que
debe redefi nirse no sólo en la dirección
del multiculturalismo, sino en la más no-
vedosa del multinaturalismo. Y, desde
luego, hablar de bien común, de los com-
mons, que dicen los británicos, y que en
castellano estamos traduciendo por pro-
común, implica abrir hasta extremos ini-
maginables la noción de patrimonio. Ne-
cesitamos un nuevo tipo de museo que
sea la casa de los comunes; es decir, que
socialice y ponga en valor lo que a todos
pertenece, sin escindirlo de las tecnolo-
gías con las que lo hemos producido y
podemos visualizarlo. ?
Antonio Lafuente es investigador científi co en el
Instituto de Historia, CISC.
28 A veces, la economía del don, tal como la con-
ceptualizó Marcel Mauss en 1923, funciona mejor que
la del mercado. En efecto, comparando con abundantes
series estadísticas la gestión de los bancos de sangre en
Inglaterra, donde se obtenía por donación, y en USA,
donde era compraba a los particulares que la vendían,
Titmuss demostró que el sistema comercial proporcio-
naba una sangre menos segura y de menor pureza que la
obtenida mediante el régimen de voluntariado. Richard
Titmuss (1970), ! e gift relationship: From blood to social
policy, Allen and Unwin, London.
29 Sobre si los museos deben ser de objetos o de
ideas, y sobre el papel que debemos asignarles en nuestra
sociedad, ver Andrea Witcomb, On the Side of the Object:
an Alternative Approach to Debates About Ideas, Objects
and Museums, Museum Management and Curatorship,
16: 383-399, 1997
30 Tony Bennett, ! e political Rationality of the
Museum, Continuum: $ e Australian Journal of Media
& Culture, 3 (1), 1990, on-line en http://www.mcc.
murdoch.edu.au/readingRoom/3.1/Bennett.html. Tam-
bién, Sharon J. Macdonald, Museum, national, post-
national identities, Museum and Society, 1:1-16, 2003.
Tony Bennet, ! e Birth of the Museum. History, ! eory,
Politics, Routledge, Londres 1995.
31 P.J. Boylan, ! e Heritage Dimension in late 20th
Century Culture. Research Paper for the Council of Europe’s
Task Force on Culture and Development 1994-95, on-line
www.city.ac.uk/artspol/heritage/html.
32 John Clippinger & David Bollier, A Renaissance
of the Commons. How the New Sciences and Internet Are
Framing a New Global Identity and Order, on-line http://
www.jclippinger.com/renaissance.pdf. Ver también la
excelente página web de David Bollier, http:/www.
bollier.org
33 La noción de bien público natural no deja de en-
sancharse. Los fondos marinos fueron proclamados “pa-
trimonio común de la humanidad” el 10 de diciembre de
1982. De la misma manera la Luna y los cuerpos celestes
también adquirieron, por el Tratado del Espacio, esta
condición pues “sus recursos –dice el Tratado– constitu-
yen el patrimonio común de la humanidad”. Hay otros
objetos, como la capa de ozono, la capa freática o el clima,
que también se están convirtiendo a ritmo acelerado en
bienes perecederos. Hay otros bienes públicos creados por
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