Abstract
2 Así encontramos que ciertos valores morales se sostienen, y ciertas reglas sociales se definen, gracias a las creencias en el contagio peligroso. No es difícil ver como las creencias de contaminación pueden usarse en un diálogo de reivindicaciones y contra-reivindicaciones de una categorías social. Pero al examinar las creencias de contaminación descubrimos que la clase de contactos que se consideran peligrosos acarrean una carga simbólica. Este nivel es el más interesante: las ideas de contaminación se relacionan con la vida social. Creo que algunas contaminaciones se emplean como analogías para expresar una visión general del orden social, creo que algunas ideas acerca de los peligros sexuales se comprenden mejor si se interpretan como símbolos de la relación entre las partes de la sociedad, como configuraciones que reflejan la jerarquía o la simetría que se aplican en un sistema social más amplio. Lo que vale para la contaminación sexual también vale para la contaminación corporal. Los dos sexos pueden servir como modelo para la colaboración y la diferenciación de las unidades sociales, los procesos de ingestión de alimentos pueden retratar la absorción política. A veces los orificios corporales pueden representar los puntos de entrada o salida de las unidades sociales, o la perfección corporal puede simbolizar una teocracia ideal. Cada cultura primitiva es un universo en sí mismo. Siguiendo a Franz Steiner en Tabú comienzo por interpretar las reglas de impureza, colocándolas en el contexto general de la gama de peligros posibles en cualquier universo dado. Todo lo que puede ocurrirle a un hombre por vía de desastre debería catalogarse según los principios activos que implica el universo de su propia cultura. A veces las palabras desencadenan cataclismos, a veces los actos, otras veces las condiciones físicas. Algunos peligros son grandes, otros pequeños. No podemos comprar las religiones primitivas hasta conocer el alcance de esos poderes y peligros que ellas reconocen. La sociedad primitiva es una estructura cargada de energía en el centro del universo. Los poderes brotan de sus puntos fuertes: poderes para prosperar y poderes religiosos para responder al ataque. La sociedad no existe en un vacio neutral, falto de explicaciones. Está sometida a presiones externas, lo que no está con ella, lo que no forma parte ni se somete a sus leyes, está en contra suya. Al describir estas presiones sobre las fronteras y márgenes admito haber dado una imagen más sistemática de lo que es. Pero es necesario este esfuerzo expresivo de sistematización para interpretar las creencias que queremos tratar. Yo sostengo que las ideas sobre la separación, purificación, demarcación y castigo de las transgresiones tienen una función de imponer un sistema a la experiencia, que de por sí es poco ordenada. Sólo exagerando la diferencia entre adentro/fuera, encima/debajo, macho/hembra, a favor/ en contra se crea la apariencia de un orden. Por otra parte no deseo sugerir que las culturas primitivas en las que florecen ideas de contagio son rígidas, cerradas o estancadas. Las ideas de pureza e impureza son viejas en una cultura iletrada, a sus miembros deben parecerles eternas e inmutables, pero existen razones para creer que son sensibles al cambio. El mismo impulso que las hace nacer, para imponer un orden, permite suponer que está continuamente codificándolas o enriqueciéndolas. Esto es muy importante. Cuando sostengo que la reacción a la suciedad es continua, igual que otras reacciones ante la ambigüedad o la anomalía, no estoy resucitando con otro disfraz la hipótesis del miedo. Las ideas acerca del contagio pueden remontarse a la reacción ante situaciones anormales. Pero significan mucho más, el reconocimiento inicial de la anomalía induce a la angustia y a la supresión o la evasión. Pero debemos buscar un principio de organización más enérgica para ser justos con las complicaciones cosmológicas que revelan los símbolos de contaminación. El nativo de cualquier cultura piensa en si mismo como si recibiera pasivamente sus ideas de poder y peligro en el universo, despreciando modificaciones que el mismo podría aportar. El antropólogo cae en la misma trampa si considera la cultura como una configuración de valores de larga duración. Niego rotundamente que la proliferación de ideas acerca de la pureza y el contagio implique una rígida visión mental o instituciones sociales rígidas, puede ser lo contrario. Podría parecer que en una cultura ricamente organizada por ideas de contagio y purificación, el individuo está en las garras de unas categorías de pensamiento que están poderosamente protegidas por reglas de prohibición y castigos. Podría parecer imposible que esa persona pudiese liberar su pensamiento de los rutinarios hábitos protectores de su cultura, y si no puede hacer eso, ¿cómo podemos compararlo con las grandes religiones del mundo?
Cite
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Rodgers, J. (2017). Academia."edu". American Book Review, 38(2), 9–13. https://doi.org/10.1353/abr.2017.0007
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