Abstract
«El propósito de la arquitectura sigue consis-tiendo en armonizar el mundo material con la vida humana» ALVAR AALTO, La humanización de la arquitectura, 1940. «Ni el local, ni el material son la escuela; y, a pesar de ello, a mi me basta entrar en un local para saber si al pueblo le interesa la instrucción de sus hijos» LUIS BELLO, Viaje por las Escuelas de España, 1926. Los seres humanos han sido siempre constructores de entornos y objetos para habitar el mundo, y para hacerlo más habitable. La arquitectura, ese artefacto cultural de primer orden en todas las so-ciedades, posibilita todos los ámbitos del habitar humano: la morada, el trabajo, el juego, el aprendizaje y la enseñanza. El mismo vocablo «habitar», que se origi-na a partir del habitare latino-y este, a su vez de habere, tener-, nos trae a co-lación, como indica Franco Purini, que habitar «implica una identidad entre sí y el mundo, implica la posesión de aquel sistema de recursos físicos y culturales que constituyen el ambiente» [1]. Poseer estos recursos nos hace ver que habitar no es meramente algo pasivo, no es un puro estar, sino que, especialmente a efec-tos de interés educativo, lo que se pone en juego es una actividad enormemente implicada, un proceso que moviliza valencias afectivas, recursos cognitivos y vivencias corporales, y al tiempo acuer-dos sociales y valores culturales con los que la persona, en su convivencia con otras, se encuentra y a los que ha de responder. Tampoco la arquitectura es un mero
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Blay., T. R. (2023). Arquitectura y educación: perspectivas y dimensiones. Revista Española de Pedagogía, 62(228). https://doi.org/10.22550/2174-0909.2320
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