Abstract
Enfrentarse con la tarea de esclarecer intelectualmente la realidad que llamamos dolor, tiene la enorme ventaja y el terrible inconve-niente de situar el pensamiento ante un fenómeno inmediato, prima-rio y universal, que precisamente por serlo es notorio para todo ser humano, y arduo de dilucidar para cualquiera que lo intente. Es un fenómeno con características semejantes al color rojo, al movimiento o al tiempo-inmediatez y primariedad-, en virtud de las cuales todo el mundo sabe lo que son mientras no lo piensen. Respecto de lo que es el tiempo decía SAN AGUSTÍN: «si no me lo preguntan, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé». Algo semejante cabe decir acerca del color rojo, aunque, siendo la difusión de los conocimientos físicos y fisiológicos mayor que la de los filosóficos, es más amplio el nú-mero de personas que creen saber lo que es el color rojo, y que for-mulan su definición por recurso a la física y a la fisiología, en tér-minos de vibraciones, longitudes de ondas y transmisiones nerviosas. Sin embargo, basta caer en la cuenta de la imposibilidad absoluta que un ciego de nacimiento tiene para imaginarse el color rojo por mu-cha física y fisiología que supiera, para advertir que el color rojo es un dato inmediato y primario en el acontecer vital de una intimidad, y que en cuanto tal no se deja derivar ni constituir a partir de unos elementos más simples y anteriores como pudieran ser las vibraciones y las transmisiones ondulatorias a través de un medio. No se trata de que estas realidades no existan antes que el color rojo, y no se trata tampoco de negar que estas realidades constituyan condiciones de posibilidad para que el color rojo se vea. Se trata, simplemente, 39
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Choza, J. (2018). Dimensiones antropológicas del dolor. Anuario Filosófico, 10(2), 39–57. https://doi.org/10.15581/009.10.30394
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