Abstract
Desde hace dos décadas venimos estudiando las diferentes perspectivas, aristas y dimensiones de la educación a distancia y hemos insistido reiteradamente sobre las distintas formas y modelos como se nos presentan instituciones, centros, programas y estudios que, total o parcialmente, se autodenominan con alguno de los términos a los que también hemos dedicado nuestro esfuerzo clarificador. Así es que, tras el nombre de la institución (universidad, centro, instituto, colegio, corporación, unidad, departamento, facultad, escuela...), del programa, del curso o de la actividad docente o discente (educación, formación, enseñanza, instrucción, capacitación, estudio, aprendizaje...), se vienen agregando, bien como prefijo (tele, y ahora la e de " electrónico "), o como complemento o adjetivo (distancia, abierto, virtual, en línea, basado en Internet o en la web, mediado por el ordenador, la telemática o la tecnología, electrónico, distribuido, flexible, colaborativo, entorno o ambiente virtual...), una serie de condicionantes, determinantes o delimitadores de lo que queremos decir cuando de educar, enseñar, aprender..., se trata. Nosotros ya hemos afirmado en más de una ocasión que, desde una perspectiva no restringida, a todas estas formulaciones las podríamos integrar dentro de la denominación matriz de educación a distancia. Y ello lo apoyamos en nuestro desarrollo relativo al diálogo didáctico, preferentemente, mediado y no directo. Todas esas formulaciones o maneras de hacer educación, podrían caber en nuestra consideración de la educación a distancia como diálogo didáctico mediado entre el equipo docente y el estudiante que, ubicado en espacio diferente al de aquél, aprende de forma flexible, independiente y colaborativa.
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Dorado Perea, C. (2008). ¿Por qué e-learning? Educar, 41, 5. https://doi.org/10.5565/rev/educar.137
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