Abstract
Actualmente se conserva en la geografía española un importante conjunto de pinturas proce-dentes del virreinato de la Nueva España. Las investigaciones revelan que fueron traídas durante los siglos XVII y XVIII con una función sobretodo devocional, formando parte de ajuares perso-nales. El origen de este proceso está en la multitud de funcionarios y clérigos españoles afincados en la Nueva España. Sus destinos fueron, por tanto, domicilios particulares, iglesias y conventos de sus localidades natales. La gran mayoría tienen por tema a la Virgen de Guadalupe. Para comprender la importancia que alcanzó esta devoción en el virreinato es preciso remontarse a sus inicios. Aunque la de Extre-madura estuvo presente durante la conquista, la mexicana ostenta orígenes propios. Una antigua leyenda narra como en 1531 se le apareció a un indio recién bautizado con el nombre de Juan Die-go y le pidió que le solicitara al obispo fray Juan de Zumárraga la construcción de una capilla en su honor, dejando su imagen impresa en el ayate (túnica) del indio. Este suceso se conoció como el Milagro de las rosas y fue recogido en el Nican Mopohua, un texto presuntamente escrito por el indio Antonio Valeriano. 1 No tardó en surgir una literatura destinada a legitimar este portento que generó un gran incre-mento de su culto, especialmente entre el sector indígena. Los evangelizadores trataron de asimi-larla con la diosa-madre azteca Tonantzin para aprovecharse del fervor del que esta gozaba. 2 Los indios la vieron como una figura protectora con la que se sentían identificados. También los crio-llos la prefirieron a la extremeña y lucharon por desvincularla de esta, una actitud que puede con-siderarse el primer paso en el surgimiento de la conciencia nacional mexicana. El impulso a su devoción coincidió con la buena aceptación de la que gozaba la Inmaculada Concepción y el nuevo fervor hacia las vírgenes " indias " . El virreinato se llenó de devociones autóctonas que simbolizaban los valores nativos. Las imágenes eran el principal instrumento para cristianizar a los indios, y la Virgen de Guadalupe llegó a ser la más importante. El criollo Luis Becerra Tanco fue el primero en apuntar que su tez morena era una distinción hacia el pue-blo indígena. Aunque apenas tienen en común algo más que el nombre, ha habido múltiples intentos de rela-cionarla con su homónima de Extremadura. Según Miguel Rojas ambas son la misma, solo que allí se hizo mexicana y así regresó a su lugar de origen. 3 Infinidad de anécdotas avalan el fervor guadalupano en la Nueva España. Un caso habitual fue el de fray Francisco de Frutos, quien se encomendó a ella ante una grave enfermedad, siendo sal-vado. En señal de agradecimiento peregrinó hasta su santuario en el Monte Tepeyac, donde hizo ejecutar al pintor Juan Correa " una réplica exacta de la imagen pintada por los ángeles con flores, mientras que él mismo se mantuvo en oración junto al artista, actitud tradicional del donante en los retablos " . 4 Una crónica del año 1723 señalaba que no existía casa de noble y plebeyo, español e indio y otras muchas castas en las que no hubiera alguna imagen de la Virgen de Guadalupe. Ilustres escritores difundieron su carácter milagroso y genuinamente novohispano. El teólogo Miguel Sánchez contaba por primera vez la historia de las apariciones como un hecho profético de connotaciones nacionalistas. El Padre Luis Lasso de la Vega escribió una especie de manual 1 ANSÓN, Francisco. Guadalupe, lo que dicen sus ojos.
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Barea Azcón, P. (2007). La iconografía de la Virgen de Guadalupe de México en España. Archivo Español de Arte, 80(318), 186–199. https://doi.org/10.3989/aearte.2007.v80.i318.65
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