Peste en Milán: Borromeos y untadores

  • LEDERMANN D. W
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Abstract

Plague in Milan: borromeans and smearers Dos brotes importantes de plaga sufrió Milán en los siglos XVI y XVII, y dos fueron los religiosos de la familia Borromeo que combatieron con denuedo este mal: San Carlos, primero, y luego su célebre primo, el Cardenal-Arzobispo Federico; aquél con fe, esperanza y caridad; éste con un leve toquecillo infectológico. Los Borromeo constituían por entonces una ilus-tre familia de la Toscana, cuyo nombre se recuerda por San Carlos y por las Borromeas, cuatro bellísi-mas islas en la bahía oeste del Lago Maggiore, su más preciada posesión. Isola Bella, la más famosa, cuyo sólo nombre trae a la imaginación cielos lumi-nosos y atardeceres deslumbrantes, era una roca desolada hasta 1650, cuando los condes Carlos (no confundir con el santo) y Giulio llevaron tierra fértil desde el continente, para que más tarde la condesa Vitaliana la plantara con árboles tropicales, cubrien-do de variadas flores diez terrazas que miran hacia el mar; un palacio repleto de pintura lombarda, tapice-ría flamenca y colecciones de armas y muebles com-pletan su encanto turístico 1. Carlos Borromeo (1538-1584) fue designado Ar-zobispo de Milán a los 26 años, diócesis que ya administraba por lo demás desde los 22, habiendo participado activamente, como Secretario de Estado de Pio IV, en la reanudación del Concilio de Trento. En el 1577 la peste negra apareció en el milanesado: según los cronistas de la época, la Yersinia pestis (entonces desconocida, pero intuida por observa-dores sagaces) solía visitar la península de Italia un par de veces cada siglo; esta sería, entonces, la segunda visita del XVI. De la primera no hay cons-tancia; la segunda fue célebre por la figura del santo, tanto que se la conoce como "la peste de San Carlos" 2. Tan grande es el poder de la caridad-dice un novelista-que puede hacer sobresalir el recuerdo de un hombre por haber inspirado senti-mientos y acciones más memorables que los mismos males; puede grabar su nombre en los ánimos como una señal de todos aquellos acontecimientos, por haberlos estimulado y dirigido como guía, auxilio, ejemplo y víctima voluntaria, y hacer de una cala-midad general una empresa gloriosa para este mis-mo hombre, designándola como si fuera una con-quista o un descubrimiento suyo 3. Innumerables son las anécdotas y las historias atribuidas al Arzobispo en su lucha contra la plaga, que al fin se cobró su vida el 3 de noviembre de 1584, siendo canonizado el 4 de noviembre de 1610, ma-yormente por los milagros obtenidos durante la epi-demia. Sepan los Carlos actuales que cuando se les abraza el 4 de noviembre, porque "están de santo", es en memoria de aquel Borromeo que luchó contra la peste armado sólo de su bondad. Federico Borromeo (1564-1631) era milanés, discí-pulo de San Filippo Neri y primo de San Carlos, quien lo recomendó para Cardenal, dignidad que ejerció entre 1587 y 1595. Se le recuerda fundamen-talmente por dos razones: por la creación de la Bi-blioteca Ambrosiana, una de las más ricas coleccio-nes de libros y manuscritos que registra la historia del conocimiento, acción que le valió sin duda bue-na parte de los quince votos que obtuvo en el cón-clave de 1623, donde fue derrotado por el Cardenal Barberini (Urbano VIII); y por la heroica lucha contra la peste que libró hacia el final de su existencia 4. La epidemia que le tocó enfrentar se inició en 1628, cuando ya contaba con 64 años. Fue favoreci-da por la estupidez humana, expresada a través de la torpeza y corrupción de las autoridades y de la ce-guera médica. En primer lugar, había guerra; en se-gundo, y como consecuencia, hambruna y migra-ción a las ciudades. La guerra tenía-¿nos molestare-mos en decirlo?-causas eran tan fútiles como siem-pre y respondían a la ambición algunos figurones. Habiendo fallecido el duque Vicente Gonzaga II, varios candidatos surgieron para ocupar Mantua y Monteferrato, los dos estados que poseía en Italia. España, Francia (con el cardenal Richelieu), la Repú-blica de Venecia y el Papa Urbano VIII, apoyaban unos a Felipe Gonzaga, duque de Nevers, otros a Carlos Manuel I, duque de Saboya, y los menos a Margarita Gonzaga, duquesa de Lorena; a quienes leyeron en su juventud las aventuras del famoso espadachín Lagardère, estos Gonzaga y Nevers de-ben sonarles familiares 5. Los detalles de sus nom-bres y vanidades no pueden entrabar esta historia y bástenos decir que en algún momento el Tribunal de Sanidad de Milán debió enfrentar la posibilidad que tropas alemanas, ya en Italia, entraran al milanesado, siendo hecho conocido que portaban la peste, pues a su paso por las distintas ciudades dejaban una curiosa enfermedad que diezmaba las poblaciones, y "decían los ancianos ser la peste, por haberla vivido anteriormente". El protomédico Luigi Settala, profesor de medici-na de la Universidad de Pavía y de filosofía moral en la de Milán, que de joven había luchado contra la epidemia anterior, advirtió oportunamente al Tribu

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LEDERMANN D., W. (2003). Peste en Milán: Borromeos y untadores. Revista Chilena de Infectología, 20. https://doi.org/10.4067/s0716-10182003020200031

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