Abstract
El continuo crecimiento de las tecnologías de la información y la comunicación (en adelante, TIC), ha quedado puesto de manifiesto por el gran número de recursos digitales que se pue-den emplear en todas las áreas en las que el ser humano se desarrolla (Marín y Reche, 2012). Una de las más afectadas es la esfera educativa. A lo largo de las últimas décadas de la historia de la educación, diversos han sido los planes y pro-gramas que desde los diferentes gobiernos inter-nacionales, nacionales y autonómicos (Marín, 2015; Carrington et al, 2017) se han puesto en marcha, con mejor y/o peor fortuna, con el fin de desarrollar la llamada competencia digital en alumnos en primera instancia y en profesores en segunda. De todos es conocido el Plan Escuela 2.0, con el cual se cerró una línea que hacía dé-cadas se había tratado de forjar en los estudian-tes, a la vez que se intentaba dar respuesta a las recomendaciones que la Unión Europea iba rea-lizando (2004) en materia de formación tecnoló-gica. La educación del siglo XXI reclama una acción formativa que potencie la creatividad y la bús-queda continuada del saber, así como su cons-trucción y reconstrucción desde todos los ám-bitos y áreas del ser humano. En esta línea no solo encontramos a las TIC, sino que elementos tales como la diversidad de las aulas van a mar-car el devenir de las acciones que conlleven una perspectiva que incluya a todos los sujetos y que sustente esa creatividad, entendida por
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Marín, V. (2017). TIC PARA LA EDUCACIÓN INCLUSIVA. Bordón. Revista de Pedagogía, 69(3), 17. https://doi.org/10.13042/bordon.2017.58633
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