Abstract
Desde hace algo más de medio siglo -en particular, desde el encuentro entre las obras de W. Jaeger y los métodos de análi-sis de la filosofía hermeneútida '-viene hablándose de la «escri-tura» como de un problema fundamental de la interpretación de Aristóteles. Para comprender este problema hay que partir de la base, según acaba de hacerlo E. Lledó, de que «las palabras aristotélicas se han incorporado frecuentemente al discurso de sus intérpretes y han formado con ellos una amalgama en la que ad-quirían inesperadas, anacrónicas y sorprendentes resonancias)) ' . El problema de la «escritura» se plantea, desde este punto de vista, como la necesidad de restablecer el lenguaje originario de ' La mención de Jaeger se refiere, como es obvio, a su Aristoteles. Grundlegung einer Geschichte seiner Entwicklung, Berlín, 1923, que generalizaba los resultados de sus Studien zur Entstehungsgeschichte der Metaphysik des Aristoteles, Berlín, 1912. La concepción humanística de la metodología genética quedó fijada en el congreso de Naumburg de 1930 (con la posterior fundación de la revista Die Anti-ke), que resultó determinante para su recepción y crítica por el pensamiento herme-néutico: cf. la recensión de Gadamer a la ponencia de J. Stroux, en Gnomon 11 (1935). 612. Pero Gadamer se había ocupado ya del problema desde su «Der aristo-telische Protreptikos und die Entwicklungsgesch. Betrachtung der arist. Ethikn, Her-mes (1928), 138-65. Cf. la Introducción a las Éticas de Aristóteles, trad. de J. Palli, Madrid, Gre-dos, '1985, phg. 7. Aristóteles mediante una restitución de «la historia real de la que, en todo momento, se alimentó ese lenguaje)) 3. Pero como lo que obstaculiza esa tarea es precisamente el discurso de los intérpre-tes, resulta entonces que la restitución de tal lenguaje originario está condicionada a la crítica de los otros lenguajes: al aislamien-to de las tradiciones en que ellos nacen y de las adherencias que incorporan, todas las cuales ocultan la historia real del discurso aristotélico en la medida en que postulan, y reproducen, su pro-pia historia. El problema de la «escritura» se ofrece, pues, en principio, y acaso prioritariamente, como el problema de las «lecturas» de Aristóteles. Ahora bien, considerado así el asunto, tal vez ningu-no de los que hoy conocemos como libros del filósofo ha conoci-do una suerte tan peculiar como la Retórica: ninguno, cuando menos, ha provocado a lo largo de la historia un conjunto de juicios -de lecturas-tan extrañamente variables. Aun si nos atenemos en exclusividad a la crítica contemporánea, es Ilamati-vo el que la diferencia de opiniones alcance no sólo a la interpre-tación particular del texto o a problemas concretos de la compo-sición del libro (cosas ambas nada sorprendentes en Aristóteles), sino a zonas un tanto más insólitas, como, por ejemplo, a su posición en el Corpus, a su importancia y significado teóricos o, en fin, a la naturaleza misma del objeto -del saber-a que se refiere. En la banda más extrema de estas cpiniones, Ross ve en la Retórica «una curiosa síntesis de crítica literaria y de lógica, de ética, de política y de jurisprudencia de segundo orden, mezcladas hábilmente por un hombre que conoce las debilidades del corazón humano y que sabe cómo jugar con ellas)) 4. Si se plantea así el análisis, no es difícil concluir que la obra atiene menos vivacidad que la mayoría de las otras obras de Aristóte-les» 5 . Pero también podría decirse que una tal opinión responde Id., pág. 8. W . D. ROSS, Aristóteles, tr. esp. de D. Pró, Buenos Aires, 1957, pág. 382. (La versión original inglesa es de 1923.) Ibid. Este juicio es, sin duda, ampliamente compartido. Baste como ejemplo el que la introducción general de T. Calvo a los libros de Aristóteles, que publica
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Lopes, D. R. N. (2018). Retórica. In Platão (pp. 383–400). Imprensa da Universidade de Coimbra. https://doi.org/10.14195/978-989-26-1596-7_20
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