Políticas de juventud: entre la fragilidad y el desconcierto. Algunas pistas para construir rutas desde lo local

  • Iglesis Larroquette A
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1. PRETEXTOS Y CONTEXTOS Finalizado el milenio, Latinoamérica completa ha tenido experiencias de políticas de juventud; sin embargo, éstas no han contribuido a la solución del principal problema que enfrentan las juventudes en el continente: el de la exclusión social. En este contexto de ineficacia, el principal problema parece estar asociado al tipo de respuestas simplistas que la política social se ha estado planteando frente al problema, y no únicamente a la falta de recursos y validez política como comúnmente se argumenta (Rodríguez, 2000). Para nuestro país, dicha consideración pone de manifiesto un elemento más a la hora de tratar de comprender la situación actual de la política de juventud. Iniciado el tercer milenio en Chile, no existe claridad en torno a quiénes deberían ser las y los sujetos de la política de juventud, cuál es el propósito de la política ni cómo desarrollar o implementar dicha política para alcanzar su propósito. Política de juventud desde lo local 66 66 Así vemos que en la actualidad la construcción de sujeto joven oscila entre dos ejes interpretativos, apreciándose a la juventud o como amenaza para la convivencia social, aplicándose entonces medidas restrictivas y de prevención, o como recurso estratégico del futuro de la sociedad, aplicando ahí medidas de promoción y participación (Steigler, 2000). Esta construcción de problema en torno a la juventud, sin duda determina y orienta la generación de acciones y planes diversos, generándose una ambigüedad que resta orientación y coherencia a la acción pública. Estas tensiones implican diversas aproximaciones a lo juvenil (dependiendo de las direcciones en que se resuelvan) y su identificación permite interpretar ambigüedades que limitan la coherencia y claridad de una política hacia los jóvenes. Si a eso se le suma la falta de claridad político institucional y la consecuente des-agregación de actores vinculados a la administración de la oferta social en juventud, es claro que en nuestro país no existe una política de juventud, fundamentalmente porque no existe ni ha existido una visión de conjunto capaz de «concebir la intervención en juventud como una política social juvenil, que supere la fase agregativa y pase a una visión constructiva de políticas en juventud» (Silva, 2000). De una u otra forma, la política de juventud que hemos sido capaces de desarrollar sobrevive entre la fragilidad (producto de la inconsistencia político-social) y el desconcierto (de las y los actores involucrad@s). Frente a esta situación, uno de los desafíos más urgente de la política de juventud tiene que ver con la capacidad de re-pensar(se), a través de un proceso de acumulación de experiencias-aprendizajes, que permitan imprimir cambios cualitativos en la gestión de la política pública de juventud. Así entonces y aun cuando la implementación de la política de juventud en nuestro país ha sido constantemente sometida a análisis que pueden dar cuenta de un período de crisis más o menos aguda durante el último quinquenio, quizás el principal nudo se relaciona con la incapacidad de implementar adecuadamente al menos «un» modelo de política de juventud. Es posible observar entonces que el problema de fondo no re-sulta ser la pertinencia del modelo «declarado», vale decir, el proble-ma no se relaciona con la existencia de una instancia central

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Iglesis Larroquette, A. (2001). Políticas de juventud: entre la fragilidad y el desconcierto. Algunas pistas para construir rutas desde lo local. Ultima Década, 9(14). https://doi.org/10.4067/s0718-22362001000100004

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